Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

En todos los casos, leer terminaba por ser mucho más que formarse e informarse; y lo que aparecía en juego, el tema que se imponía, el objeto último de reflexión, era el sentido de la condición humana. La lectura, como ejercicio del pensamiento, no solo iba más allá de las necesidades primarias de los presos políticos, sino que trascendía la cárcel, permitía abordar lo común a todo ser humano. Explorar a través de la lectura otros mundos, similares o aun diferentes, pudo ser el método más útil para ordenar y proporcionar sentido a la realidad. Porque en definitiva se lee para saber cómo vivir, esperando encontrar una respuesta en cada libro que se lee. Se asiste así a ese papel mediador en la relación del hombre con el mundo que le atribuye Ricardo Piglia cuando asegura que la lectura «funciona como un modelo general de construcción del sentido» (Piglia, 2005, p. 103). Por su parte, Carina Blixen afirma que la inmovilidad y/o el encierro propios del lector, que producen inquietud en la dinámica de la vida, en la cárcel no son perturbadores. Si en la cotidianidad la fuga y la parálisis física de quien lee pueden juzgarse una omisión, en la cárcel esa huida es, en principio, funcional. Sin embargo, hay algo esencialmente transgresor en la lectura carcelaria: el que lee está construyendo su subjetividad, se está transformando. En el rigor disciplinario, en la situación de castigo que anula, el lector encerrado crea un espacio para encontrarse consigo mismo. Tal vez se evada de su entorno, pero puede no evadirse de sí (Blixen, 2010, pp. 4647). Evasión y reencuentro terminaban por ser dos caras de la misma moneda, dos mecanismos complementarios, imprescindibles para un equilibrio psicológico capaz de resistir y contrarrestar los planes de destrucción del individuo impartidos por las autoridades del penal y de la dictadura. El mismo sujeto lector que vivía emocionalmente los vaivenes del alma de los personajes a los que tenía acceso descubría en su interior los conflictos, angustias, sentimientos, frustraciones y satisfacciones que conformaban su vida. ALGUNAS CONCLUSIONES La biblioteca del penal de Libertad no fue un punto de partida en la adopción de la lectura como hábito integrado a la vida de cientos de presos políticos. En realidad, fue lo contrario: un punto de llegada, el corolario de un proceso formativo derivado de las necesidades de la militancia política que tenía como eje la institucionalización y funcionamiento de una escuela 378

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