Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

autores de «la generación perdida» se les sumaron popes de la novela negra como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, con su fuerte impronta social. Pero el mayor interés se concentraba en la literatura latinoamericana reciente, en los autores del llamado boom. Gravitaba en la elección el concepto de «patria grande» y «solidaridad continental», pero también influían novedosos aspectos formales. De pronto, lectores acostumbrados a narraciones lineales, determinadas por un espacio y un tiempo definidos y un afán de verosimilitud, obedientes a las consignas del realismo decimonónico, se internaban en estructuras más complejas, donde la subjetividad, la internalización de la realidad en la conciencia de los personajes y la dislocación de la continuidad temporal eran moneda común. Fue un salto cualitativo que alcanzó a las primeras obras de Mario Vargas Llosa —la tríada de La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral era prácticamente obligatoria—, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Hijo de hombre y Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos, El Señor Presidente, El Papa verde y Los ojos de los enterrados, de Miguel Ángel Asturias, y la obra completa de Alejo Carpentier, Juan Rulfo, David Viñas, Manuel Scorza y João Guimarães Rosa. No fue ajena a la demanda la literatura indigenista —José María Arguedas, Ciro Alegría y Jorge Icaza—. Son enormes las variantes en la experiencia de los distintos actores, pero la lógica indica que solo después llegó a apreciarse a Jorge Luis Borges o a Julio Cortázar, del mismo modo que en la literatura uruguaya la lectura de Horacio Quiroga, Juan José Morosoli, Enrique Amorim, Mario Arregui o Eliseo Salvador Porta precedió a la de Juan Carlos Onetti y Felisberto Hernández. Se ha señalado más de una vez el curioso hecho de que un escritor como Hiber Conteris, al llegar como prisionero al penal de Libertad, pudiera hallar en la biblioteca central libros suyos, como Virginia en flash-back y El nadador, pedirlos y releerlos. La misma ignorancia de los censores explica que subsistieran libros de Haroldo Conti o Rodolfo Walsh, ambos desaparecidos en Argentina. Trilce, la obra cumbre de César Vallejo, prohibida en los cursos de literatura del Instituto de Profesores Artigas, se podía leer en la biblioteca del penal de Libertad. Libros que no era posible hallar en esos años en Montevideo, Buenos Aires o Rosario se hallaban en ella. Grandes ausencias eran, sin embargo, las obras de escritores de izquierdas como Gabriel García Márquez, Jorge Amado, Mario Benedetti y Francisco Espínola. 377

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