en la calle, en las librerías y editoriales, y en los allanamientos de domicilios particulares, hizo pensar a algunos profesionales o artistas, poseedores de valiosas bibliotecas, que las mismas iban a estar mejor en la cárcel de presos políticos, donde la prohibición de textos se inició, como hemos visto, recién transcurrido un año del golpe de estado. Hubo pues, ciudadanos que «enviaron a la cárcel» su propia biblioteca, para que nadie pudiera llevarse sus libros sin su consentimiento o, en última instancia, para evitarse la tarea tan ingrata de descuartizarlos, quemarlos o, en el mejor de los casos, enterrarlos. Tamaña donación contaba con la intención generosa de que los libros contribuyeran al placer y conocimiento de muchos, sobre todo si se trataba de familiares o seres queridos. Por esta razón, la lectura del catálogo puede asimilar la biblioteca del penal de Libertad, en lo que tiene que ver con la literatura, a bibliotecas con base en la cultura francesa, abundantes en Uruguay hasta la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, es de destacar que una fuerte apertura a la literatura de habla inglesa y al boom latinoamericano, «bocado» de preferencia en aquellos años de cárcel, actualizaron la lectura de modo más satisfactorio. Ilustración 1. Portada del Catálogo de la Biblioteca Central del Penal de Libertad. Fuente: Museo de la Memoria, Montevideo, Uruguay. Más allá de la literatura, la preparación de exámenes en el contexto de cursos de la enseñanza oficial, autorizados en los primeros años, justifica la existencia de bibliografías muy completas, como fue el caso de la medicina299. Otros ámbitos muy frecuentados eran la historia de arte, las pinacotecas, la arquitectura, el cine, 374
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