hasta de una piedra»297. Y, en tercer lugar, la lectura que indaga la identidad nacional, el carácter y la idiosincrasia de un pueblo, su evolución, los determinismos y las necesidades que surgen del conocimiento y la revisión de la historia nacional. En el penal de Libertad cumplían ese papel Carlos Machado, Pivel Devoto, Carlos Real de Azúa, Jesualdo Sosa y otros. Estos paradigmas de lectura conservaban todavía un estrecho vínculo con la biblioteca de una escuela de cuadros y, como resulta lógico de acuerdo con el plan de aniquilamiento individual planteado por los militares, fueron los más afectados por la censura. Tales presupuestos obedecían a planteamientos que no dejaban de tener sus puntos en común con los principios del realismo decimonónico, del naturalismo o verismo, y, por supuesto, con el realismo social como escuela de arte directamente vinculada a transformaciones y procesos sociales. Hubo, no obstante, otro paradigma, menos castigado y probablemente pasión de pocos. Es el que tiene que ver con la función poética del lenguaje, con la atención a la lectura como placer del espíritu, como goce estético, como pura fabulación o como medio propicio al análisis o al desmontaje de sus mecanismos de creación. Aunque implicaba un nivel de lectura no ajeno a los anteriores, no a todos los presos les importó disfrutarlo. Así, la primacía de lo didáctico sobre lo estético no puede ser negada y existió un gran número de condicionantes y de necesidades para que ello fuera así. El «Catálogo de la biblioteca central del penal de Libertad»298, una elaboración artesanal que permitió establecer un orden lógico a miles de libros, revela una variedad temática que reúne una amplia gama del conocimiento, desde la literatura al ajedrez, desde el arte a la divulgación científica, la administración de empresas o la historia de las religiones. Solo quedan fuera de sus páginas las «disciplinas prohibidas» según el reglamento de la cárcel, las «modernas ciencias ocultas», las víctimas de una censura tan torpe como devastadora: la ciencia política, la filosofía y el psicoanálisis, la psicología y la psiquiatría, la sociología, la historia de los siglos XIX y XX, la mecánica, la electrónica, la física, la química, la economía, la enseñanza de idiomas y parcialmente la antropología. La literatura universal ocupa las primeras 96 páginas del catálogo, con casi cinco mil títulos, casi un 60% del total. Recorrer ese listado nos recuerda que la biblioteca del penal de Libertad fue, en todos los casos, el producto del esfuerzo de familiares, además del destino final, por una rara ironía, de más de una biblioteca privada. La censura, que comenzó primero 373
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