Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

hechos la convirtió en abastecedora casi absoluta de fugas a tiempos y espacios imposibles, de silenciosa exploración de universos, de reencuentros y catarsis, de refugio frente a un entorno hostil. En un principio debieron ser muchos los presos que razonaron que si no se podía leer a Mariátegui se podía leer a Arguedas y que si Lenin estaba fuera del alcance, sí se podía leer a Gorki, Tolstoi o Chéjov. Pronto, por ese camino, se abrió paso toda la literatura universal. Lo didáctico fue despejando el camino para que lo estético comenzara a ser recibido. La realidad social traía aparejados personajes con los cuales el lector podía sentirse identificado y los hechos narrados cuestionaban o reafirmaban la interioridad, las vivencias y el pasado personal. Ya no fue solo la búsqueda de una sustitución o de un paliativo; fue el descubrimiento de una compleja y rica vastedad de lecturas que muchos ignoraban, de la que no eran plenamente conscientes o que iba mucho más allá de lo que imaginaban. El aislamiento, la casi ausencia de otros medios de comunicación, el ocio y el tiempo sin límites, las mismas condicionantes con que contó Alonso Quijano en los primeros tiempos de la imprenta, contribuyeron a plasmar una actividad cada vez más aceptada. La lectura comenzó a llenar los días, abrió horizontes, forjó sueños. Fue un lento aprendizaje, con muchas etapas intermedias, que al fin terminó sumando lectores compulsivos, capaces de devorar cuanta lectura tuvieran a su alcance. En las celdas, donde los presos debían permanecer veintitrés horas al día, la lectura se convirtió en la principal actividad junto con la elaboración de artesanías o manualidades. En la mayoría de los casos, el libro fue conceptuado como un instrumento de formación y de desarrollo intelectual. No todos los textos podían prestarse a ello, por supuesto, y la diferencia entre los géneros también importaba —y mucho—. Pero de acuerdo con esa concepción, se participaba de tres paradigmas didácticos de lectura compartibles con cualquier cárcel política. En primer lugar, la lectura en pos de la construcción de una ética personal, en pos de una formación en valores humanistas imprescindibles para la lucha política. En lo subjetivo, esto implicaba textos que alumbraran la experiencia vivida o proporcionaran un mayor conocimiento de sí mismo. En segundo lugar, la lectura en pos de información y de elementos reflexivos en función de una optimización futura en la labor política y social. En ese sentido, como decía Antonio Gramsci, considerado el mayor lector carcelario de todos los tiempos, «cada libro puede ser útil de leer, un preso político debe estrujar sangre 372

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