Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

se vio reducida a microcopias clandestinas, trabajosa e ingeniosamente ocultas, a las que solo podían acceder unos pocos. El hallazgo por parte de los militares de algunas de esas miniaturas significaba, para quienes las poseían, hasta treinta días de calabozo a rigor, en total aislamiento, sin visitas de familiares. Esa «biblioteca de hormigas» alimentó los debates ideológicos que afloraban en el interior de la cárcel en todo sitio donde al menos dos presos pudieran comunicarse, alineó conocimientos, y forjó planes, proyectos y sueños utópicos que se extendieron a todos los planos de la vida. Temas recurrentes como la revisión del pasado, el porqué de la derrota y los engorrosos intentos de interpretación del panorama mundial y nacional necesitaron, en la medida de lo posible, del apoyo que brindaba esa «biblioteca». Una solución extrema de salvaguardia de esos materiales bibliográficos fue la memorización de textos, mecanismo que permitió la difusión sin riesgos. La posibilidad de deformación u omisión fragmentaria de la escritura original quedaba anulada al ser el mismo texto memorizado por dos o más personas. Aunque requirió un mayor esfuerzo, a la postre fue esta la forma más segura de conservar y colectivizar textos tan perseguidos. Quien escribe este trabajo llegó a recitar, palabra por palabra, el famoso prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, de Carlos Marx, fragmentos del ¿Qué hacer?, del Discurso a los pueblos de Oriente y otros textos de Lenin, la primera conferencia de la OLAS296 y documentos de movimientos guerrilleros, entre otros. La posdata de esta historia fue intentar una escuela de cuadros que subsistiera sin necesidad de libros. Para los presos del Partido Comunista, que llegaron al penal de Libertad a partir de 1975 y ocuparon por entero el tercer piso y parcialmente otros sectores, fue la experiencia militante la que terminó por suplir los libros. «Allí había hombres probados en cientos de batallas, con trayectorias políticas y personales que resumían buena parte de la historia del movimiento obrero y de la izquierda uruguaya». Bastaba escucharlos, hablar con ellos. «Cárcel de presos comunes, escuela de crimen; cárceles de presos políticos, escuela de formación», fue la consigna (Martínez, 2013, pp. 143-144). Mientras tanto, la biblioteca central, con sus miles de volúmenes a disposición de todos los presos, se constituyó en la principal fuente de lectura. Estuvo presente desde el primer momento en la historia del penal y la biblioteca alternativa se transformó, poco a poco, en la posibilidad más segura de una práctica de lectura de valor imprescindible. La fuerza de los 371

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