Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

sustentaban o la reafirmaban intentaron cumplir el papel que en muchas cárceles del mundo desempeñó la Biblia, por lo menos desde el siglo XIX: la rehabilitación del delincuente, su retorno al «rebaño social». La biblioteca pasaba a ser impuesta «desde arriba» y formaba parte de un plan de lectura propiciado por la dictadura. El penal de Punta de Rieles reunía las mejores condiciones para que ello fuera posible. El número de presas era muy inferior a los hombres, unas seiscientas a lo largo de trece años. Los principales dirigentes de la guerrilla y de otros grupos políticos considerados ilegales eran hombres. Por lo tanto, Punta de Rieles era una cárcel menos visible que el Penal de Libertad para la presión propagandística mundial y de menor interés para los centros internacionales de Derechos Humanos. Se suma a ello la discriminación ejercida por los militares y civiles al servicio de la dictadura, convencidos del papel de obligatoria sumisión de la mujer y de que sus esfuerzos debían restringirse solo al cuidado del hogar y de los hijos. «Para los militares, las mujeres presas fueron doblemente transgresoras: por estar en contra del orden político impuesto y por no ocupar el rol de género por ellos sustentado» (Fúster & Langelán, 2010, p. 136). Por estas razones, la cárcel de Punta de Rieles constituyó un centro de represión colectiva más eficaz que el Penal de Libertad. Allí la biblioteca pudo ser enteramente destruida y, en su lugar, el enemigo pudo «ofertar» la suya. «Como nos gustaba leer, sacarnos los libros iba a ser una represión sentida fuertemente, y lo hicieron durante seis meses seguidos. Al cabo de ese tiempo aparecieron en el EMR 2 libros fascistas de donde a veces podíamos sacar elementos políticos» (Fúster & Langelán, 2010, p. 136). «A partir de junio de 1973 empezamos a tener libros recomendados por el penal, panfletos anticomunistas y pronazis», recuerda Ana Luisa Valdés. En efecto, después de la hoguera de los libros de las presas: Mandaron una lista nueva, con los «recomendados» —nos cuenta Fabbri—. Venían agrupados así, con un título rimbombante pero que quería decir eso. Eran horribles. Pedimos algunos para ver qué tal. Había uno, muy gordo, que se llamaba Psicopolítica295. No me preguntes de qué se trataba, era «infumable». Recuerdo que muchos de los libros hablaban de la «sinarquía internacional». Por lo que entendimos, eso era una especie de complot mundial en el que participaban comunistas, anarquistas, ateos, liberales, negros, independentistas, etc., todos contra ellos. Hacían también una defensa de la sociedad feudal, sí, decían que en 369

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