En los meses siguientes al 27 de junio de 1973, comenzó en Uruguay un proceso de censura a toda manifestación cultural que se considerara atentatoria contra el régimen cívico-militar recién instalado. Característica central de esa censura fue la ausencia de criterios únicos que la direccionaran. Carina Blixen ha considerado que precisamente «la indeterminación de los límites de la censura fue un muy eficaz instrumento de dominio […]. El no saber exactamente qué se puede decir pero saber que hay cosas que no se pueden decir hizo que el miedo se impusiera en la conducta de cada uno» (Blixen, 2006, p. 12). Muchas bibliotecas privadas fueron requisadas. En los allanamientos a librerías y casas particulares, cualquier libro podía ser censurado y robado en nombre de la Justicia. En mi caso particular nunca pude entender por qué, al ser detenido hurtaron de mi entonces humilde estantería, entre otros, Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio Mansilla, y Woyzeck, de Georg Büchner. Ese aparente reino del absurdo, esa grotesca instalación del caos, lejos de la creencia generalizada, perseguía un objetivo que iba más allá de la mera destrucción. Mientras por un lado se procuraba el vaciamiento de un modelo cultural, por el otro, la dictadura sentaba las bases de una historia oficial e intentaba construir su propio lenguaje y su esbozo de contracultura. La destrucción de un modelo cultural siempre supone la emergencia de otro. En este contexto, lo frívolo o lo trivial se impuso, lo obvio también. Desde la prensa escrita se enseñó que no se debía decir «entró para adentro» ni «voló por el aire». La exacerbación del nacionalismo estableció que «importa el habla correcta de un país como uno de los mayores atributos de su cultura, vale como un patrimonio esencial de la nacionalidad», y con esa excusa se lanzó una campaña xenófoba contra el idioma portugués que rebasaba la frontera territorial (Barrios & Pugliese, 2003). Las cárceles de presos políticos se volvieron laboratorios donde estas líneas de acción se profundizaron hasta hallar su más amplia expresión. Como he señalado más arriba, las hogueras de libros estuvieron a la orden del día. El caso extremo sucedió en la cárcel de mujeres de Punta de Rieles, donde compitiendo con los pocos «libros náufragos» de los que hablaba Edda Fabbri, apareció la oferta de la «biblioteca del enemigo», de la otra biblioteca, la que respondía a los intereses de la dictadura, en un burdo intento de biblioterapia294. La destrucción permitía el acceso a lo que en otro momento se hubiera considerado deleznable, carente de todo valor. La historia oficial y una selecta serie de documentos que la 368
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