Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

eran los libros. Reducían la entrada de paquetes de comida y también te privaban de la otra comida que era la lectura. Así reducían todo contacto exterior (Fúster & Langelán, 2010, p. 134). A partir del golpe de estado, todo se agravó. «En junio, después del golpe, nos hicieron recoger todos los libros y algunos los devolvieron a los familiares y otros los quemaron», sigue contando Ana Luisa Valdés: Mi peor recuerdo de la cárcel de Punta de Rieles es ir celda por celda recogiendo los libros, haciendo paquetes de papel de diario y transportarlos al cuarto afuera del perímetro de la cárcel donde estaba la caldera de la calefacción. En esa hoguera se quemaron miles de libros que la dirección del penal consideró peligrosos. Allí se fueron todos los tomos de En busca del tiempo perdido que el poeta Roberto Mascaró me había mandado solidariamente, los primeros libros de Manuel Scorza que Yessie Macchi había recibido de sus padres, las poesías que Marisa Montana nos leía por las noches (Alzugarat, 2007, pp. 28-29). Otra prisionera, Edda Fabbri292, cree haber visto y escuchado cómo los libros eran arrojados a patadas de un piso a otro: Lo de la quema lo recordamos bien, porque vimos cómo los tiraban por la escalera para abajo. La biblioteca era una piecita chica, en el piso de arriba, entre dos sectores, que después se convirtió en calabozo […]. Bueno, de esa piecita de arriba fue que los sacaron a patadas, a nuestros libros del principio, los que nos habían llevado los familiares, y los vimos y los escuchamos caer por la escalera. Algunas compañeras recuerdan haber visto el humo, después, a lo lejos. Complementa Lía Maciel: «Esta quema estuvo vinculada a las nuevas autoridades que intervienen el penal y llevan adelante cambios en las políticas internas transformando la cárcel en una máquina de hostigamiento y represión hasta poco antes del fin». La destrucción de libros en Punta de Rieles fue casi total. Así lo recuerda Fabbri: Quedaron algunos libros nuestros, náufragos, y con ellos nos revolvíamos. Yo recuerdo una antología de Quevedo, de aquellas grises, de Austral, creo […] de aquellas con un forro con pintitas, pero ya no tenía el forro. También sobrevivieron dos tomos de la antología de Bordoli, le faltaban páginas, pero algo se leía293. Y también había algunos de la colección de Premios Nobel, de Aguilar. Cada tomo traía como tres autores y recuerdo que ahí leímos algo de Steinbeck, de Eliot, y no sé qué más. Pasamos mucho tiempo leyendo esos pocos libros que quedaron. LA BIBLIOTECA DEL ENEMIGO 367

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