Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

los mismos criterios que para los documentos. Si los libros eran largos no circulaban enteros, sino en partes que se denominaban con un número que venía después del título. Estos libros en hojillas de fumar se entregaban dentro de un «estuche» (la palabra está inspirada en las memorias de Papillon), es decir en un receptáculo apto para ser introducido en el recto. La mención del entonces best-seller Papillon, de Henri Charrière, no es casual. La historia del célebre prisionero condenado a trabajos forzados a perpetuidad en la Guayana Francesa, que protagonizara varias fugas de la Isla del Diablo, gozaba en esos años de enorme popularidad a nivel mundial, al punto de ser llevada al cine por Franklin J. Schaffner en 1973, con las actuaciones estelares de Steve McQueen y Dustin Hoffman. Fue también el primer libro en prohibirse en el penal de Libertad. Sin embargo, aclara Baladán, «los “estuches tipo Papillon” fueron abandonados casi enseguida porque provocaban mucho rechazo en los compañeros y se volvió a la pastilla “clásica”», refiriéndose con lo último a las pequeñas hojas «microescritas» que, envueltas en nylon, era posible llevar al interior de la boca y tragar en caso de emergencia. Era evidente que las condiciones carcelarias habían cambiado en grado sumo, pero lo que se vivía por esas fechas era solo un anticipo de lo que iba a suceder en los años próximos. Los criterios de seguridad con respecto a la circulación y lectura de libros, la habilidad artesanal para camuflar a muchos de ellos, la restricción en los horarios y la precariedad de recursos para conservar una bibliografía mínima pronto se convertirían en desempeños básicos de una experiencia que hallará su mayor expresión en el penal de Libertad. PUNTA DE RIELES Una experiencia similar sucedió con las mujeres pertenecientes a las diversas organizaciones revolucionarias. Vulnerada la antigua cárcel de mujeres por la fuga masiva del 30 de julio de 1971, las Fuerzas Armadas también debieron crear un recinto de máxima seguridad para alojar centenares de mujeres hasta el fin de la dictadura. El elegido para el caso resultó ser el edificio de la cárcel de Punta de Rieles, un antiguo convento jesuita situado en las afueras de Montevideo utilizado para encarcelar varones desde 1968. Desde allí, Sergio Altesor logró enviar al exterior su primer poemario: Río testigo (1973), publicado poco después. El destino final, como reclusorio de mujeres, se produciría a comienzos de 1973, 365

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx