El 15 o 16 de abril, no recuerdo bien, más o menos a las siete de la mañana, el Ejército ocupó el penal y realizó una gran requisa. Se llevaron la mayor parte de los libros de contenido político, de filosofía y sociología. Y lo que fue peor, se llevaron la mayor parte de los manuscritos. Se salvaron los documentos del MLN, copiados en micro escritura, y curiosamente un ejemplar de El capital de Marx que yo tenía en mi celda. Se salvó porque le había cosido los dos tomos en uno y le cambié las tapas, le hice nuevas cambiándole el título: Carlos Márquez – EL CAPITOLIO – Novela romántica – Editorial Sudamericana. En la carátula interna debajo del título lucía una foto de una muchacha en bikini. A partir de ese momento, lo normal fue la creación y cuidado de una biblioteca oculta que permitió continuar, a duras penas, la labor de la escuela de cuadros. El ingenio se aguzó al máximo y la experiencia de la clandestinidad aseguró, aunque de manera precaria, la permanencia de esa universidad de la retaguardia donde los libros cumplían un papel tan decisivo: De los documentos del MLN se hicieron tres copias de cada uno, siempre en micro escritura, y de cada uno fue «enterrada» una copia en las paredes de las celdas. Más adelante se decidió fragmentar cada documento en varias «pastillas» para que se pudieran tragar más fácilmente en el caso de una requisa sorpresiva. En abril de 1974 el Ejército ocupó de nuevo el Penal y realizó una requisa pesadísima, […] la revisación fue minuciosa y humillante, en las celdas rompieron prácticamente todo y hasta cortaron las cuerdas a las pocas guitarras que teníamos buscando documentos; pero no cayó nada de importancia. «El sistema había funcionado», concluye Baladán, convencido de haber sido partícipe de una mínima victoria entre tantas adversidades al salvar unos pocos libros útiles de una impiadosa destrucción. Coinciden con las de Baladán las opiniones de Nelson Santana286 y Sergio Altesor287, que pasaron por Punta Carretas en el mismo periodo. Mientras Santana recuerda haber leído libros de estrategas militares como Von Clausewitz o Georgios Grivas, Altesor me afirmó que, hacia 1972, la biblioteca ya era, como institución u organización, algo semi clandestino. La lista y la circulación de libros estaba a cargo de fajineros288 de confianza y la o las celdas en donde se encontraban los libros era algo compartimentado. Muchos de los libros más perseguidos o comprometedores habían sido transcriptos a hojillas de fumar. Ese trabajo continuó siempre haciéndose y había varios «escribas» que siempre estaban copiando libros con aquellas lapiceras de arquitecto marca Rotring, las de trazo más delgado, por supuesto. Con esos libros se seguían 364
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