en los recreos y en algunos espacios de trabajo, tenía su antecedente en cárceles anteriores. PUNTA CARRETAS Inaugurada en 1915 y ubicada en una zona residencial de Montevideo, la penitenciaría de Punta Carretas se hizo famosa por la fuga de anarquistas en la década de 1930 y por las dos fugas de militantes tupamaros, en setiembre de 1971 y abril de 1972 respectivamente. Su periodo como cárcel política se extendió desde el arribo de los primeros guerrilleros detenidos (1968 o 1969) hasta varios años después de la fundación del penal de Libertad. Sujeta a las ordenanzas y leyes civiles, esta cárcel permitió a los presos políticos una comunicación fluida entre sí y con el exterior, lo que creó condiciones para un uso eficaz de la misma en beneficio de sus intereses, como escuela de cuadros y aún como dirección de operaciones en el exterior. Esto último es claro en el testimonio que brinda David Cámpora280, coautor del libro Las manos en el fuego y entonces miembro de la dirección del MLN Tupamarus: «En Punta Carretas estuve solo seis meses, que resultaron novedosos para un primario. Estábamos tupidos de trabajo concreto», me dijo, refiriéndose a su participación durante ese tiempo en el análisis y orientación de numerosos planes y operaciones de la guerrilla. «Nunca tuve tiempo siquiera para pensar en leer o de preocuparme activamente por la colección de libros (no digamos biblioteca). No recuerdo ni quién guardaba los libros, ni quién los ofrecía y repartía», me aseguró. Sin embargo, afirma haber estado «muy entretenido con los cursos de historia, de política, de estrategia y de marxismo». Mención especial en ese «entretenimiento» le mereció la tarea de redacción de «un brevísimo y legítimo curso de marxismo, que pudiera ser comprendido e incorporado por los compañeros presos, entre los que se contaban numerosos “peludos”281, muchos de ellos semialfabetos». Para su realización, Cámpora y otros estudiaron muchos libros a tiempo completo y, después de leer manuales soviéticos y cubanos, decidieron ir a los escritos originales de Marx, Engels, Lenin y Mao, e incluir como novedad la obra de Ernest Mandel. El producto fue un cursillo de 250 páginas para lectura colectiva en las celdas, cuyo uso se extendió algunos años después al exilio, siempre con óptimos resultados. La confección de fichas de análisis de libros técnicos sobre economía, ganadería, industria y 361
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