Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

sus usuarios tranquilidad y eficacia en la circulación de libros. Su época de esplendor cubrió con intensidad los nueve meses iniciales y se extendió por casi un año más, hasta el 10 de mayo de 1974, fecha en que asumió el mando del celdario el mayor Arquímedes Maciel, quien instaló el proyecto de cárcel de los golpistas —proyecto que prevaleció de manera absoluta hasta el fin de la cárcel política— y decretó el primer cierre temporal de la biblioteca279. A partir de ese momento, la censura y la posterior quema de libros imperaron hasta alcanzar proporciones inauditas. Los libros de los filósofos y políticos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX fueron la base de la pira. Carlos Marx y Federico Engels, Lenin, León Trotski y Rosa Luxemburgo eran candidatos clásicos y cantados a la hoguera, como lo hubieran sido en Berlín en el 39. Pero, para desquicio de los censores, con la modernidad su descendencia se había multiplicado, desparramándose por el mundo, y ya no alcanzaba con quemar europeos. Ahora había que detectar libros chinos, argelinos, vietnamitas, cubanos. Ho Chi Min y Castro, Guevara y Franz Fanon, Mao […], todos marcharon a la pira. Siguieron la misma suerte las revistas y folletos vinculadas a países del bloque socialista, o los cuentos o novelas que contaran historias de alguna revolución o de algún proceso de independencia (Phillipps-Tréby & Tiscornia, 2003, pp. 144-146). Se calcula que por esas fechas fueron incinerados entre 4000 y 10 000 libros, según distintas fuentes. Algunos de ellos ya habían sido copiados en escritura pequeñísima en hojillas de papel de fumar y ocultos en los más diversos escondrijos, con vistas a una lectura clandestina cuya consecuencia era la posterior difusión y discusión oral. Las patas tubulares de las cuchetas y los recovecos interiores de los retretes fueron los escondites más frecuentes, algunos de los cuales burlaron durante años la búsqueda incesante que se efectuaba a través de las requisas de celdas. Así, se fue construyendo una pequeña biblioteca clandestina, una biblioteca de hormigas […]. Unos pocos libros, con seguro destino de horno, fueron comprimidos al tamaño más pequeño posible […]. Si uno tiene paciencia puede incluso plegar las pequeñas hojillas, envolverlas con nylon, fundir las puntas del envoltorio hasta que quede hermético, y luego guardar la pastilla resultante en un balde con agua y ropa sucia, en su boca, en un zócalo, en decenas de lugares donde no se podría esconder un libro común (Phillipps-Tréby & Tiscornia, 2003, p. 147). La tenaz práctica de copia, prolija y paciente, que evoca la anacrónica labor de escribas de antiquísimos reinados o de monjes de conventos medievales, el estudio en la soledad de las celdas, la difusión e intercambio 360

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