Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

flamantes o viejos, a menudo joyas que no he vuelto a ver […]. Puedo dar fe, a través de ese enorme, variadísimo material, que los presos políticos uruguayos, a través de esos envíos de los familiares, representábamos un microcosmos de impresionante vastedad y riqueza cultural. Entraba lo previsible y los best sellers del momento pero también lo más interesante o lo más raro e insólito, tesoros de colección, las joyas de la abuela (citado en Alzugarat, 2007, p. 21). El penal de Libertad fue puesto en funcionamiento nueve meses antes del golpe de estado del 27 de junio de 1973, momento en que las Fuerzas Armadas dieron un paso crucial en su vertiginosa escalada hacia el poder. Fue un periodo clave para las contradicciones entre los militares, que exigían una urgente resolución. La dirección del penal estaba representada por integrantes de las tres fuerzas —Ejército, Armada y Fuerza Aérea— y durante esa etapa convivieron distintos proyectos de cárcel. Todo parecía provisorio, no había criterios definidos y aún no se había formalizado un reglamento interno como el que se impondría pocos meses después. La censura se limitaba exclusivamente a libros de táctica y estrategia militar. En ese decisivo primer momento, la biblioteca como soporte de una escuela de cuadros, como plataforma gráfica para la formación del militante, aparecía como perfectamente posible277. Los propios presos debieron clasificar los libros en función de los distintos objetivos. Se instauró una biblioteca central que pasó, de varios estantes adosados a una pared en una celda para cuatro reclusos, a una sala de grandes dimensiones. Paralelamente se crearon bibliotecas locales en cada piso como una medida de precaución en caso de que fuera suspendido, por diversas razones, el suministro de la biblioteca central. Mientras los libros de interés general fueron enviados a la biblioteca central, los textos de marxismo y de estudios filosóficos, económicos y políticos —tal vez «lo previsible», según Meyer— se consideraron mejor protegidos y más accesibles en las llamadas «bibliotecas de planchada»278. Mientras los primeros comenzaron a ser ordenados y registrados en un catálogo de factura artesanal y uso imprescindible, los otros permanecieron, en su mayoría, bajo la custodia de compañeros de confianza y entendidos en la materia. «La historia de los libros marxistas pasaba de algún modo un poco por allí (por la biblioteca central) pero tenía su verdadera épica en el trasiego clandestino por las planchadas», apunta Meyer (citado en Alzugarat, 2007, p. 22). Hablar de la biblioteca del penal de Libertad es entonces hablar de un sistema bibliotecario cuya complejidad y complementariedad otorgaba a 359

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