matemáticas, geografía e idiomas (Mencia, 1980, p. 16). Mucho antes en Perú, en 1936, Víctor Raúl Haya de la Torre recomendaba a sus correligionarios presos: «Tengan al libro útil como el mejor compañero» (Aguirre, 2015, p. 158). La formación de una escuela de cuadros debió ser uno de los objetivos, quizá el más importante, cuando se inició la demanda de libros para la creación en Uruguay, en 1973, de una biblioteca en el penal de Libertad — Establecimiento Militar de Reclusión N° 1 (EMR 1)—, una cárcel concebida como de alta seguridad, exclusiva para presos políticos varones, situada en zona rural, en las proximidades de la ciudad de Libertad, que le presta su nombre273. Se buscaba, de esa manera, una continuidad con la experiencia del penal de Punta Carretas, antigua cárcel montevideana, donde desde 1968 habían sido alojados numerosos guerrilleros. No fue el único objetivo. La lectura recreativa y la formación cultural y técnica estuvieron presentes, aunque quizá en menor medida, desde el inicio. En la cárcel de Libertad, recién inaugurada, a los presos se les concedió, a iniciativa de estos, la posibilidad de organizar numerosos espacios o servicios de mantenimiento (cocina, panadería, limpieza, huerta, jabonería, talleres, entre otros), así como conformar, en un principio de manera bastante libre, una biblioteca274. El hecho de que la prisión fuera creada para un gran número de presos —950 en el celdario de cinco pisos más otros cuatrocientos distribuidos en cinco barracas— y pensada para una larga estadía —duró como tal trece años, aunque algunos presos tenían sentencias de hasta 45 años de condena— fueron factores decisivos a la hora de la demanda de libros. La biblioteca no fue impuesta desde arriba; nunca integró un plan de lectura obligatorio trazado por la dictadura. Muy por el contrario —y es esta una de sus principales virtudes— fue creada desde abajo, por los propios usuarios, de manera funcional a una cárcel exclusiva de presos políticos. El nivel intelectual de estos, con un alto número de estudiantes y profesionales en sus filas, le otorgó un mayor significado275. Se sabe que, una vez recibida la autorización, en poco tiempo ingresó una verdadera avalancha de libros. El testimonio de Roberto Meyer276 es muy ilustrativo al respecto: Trabajé en la Biblioteca Central en su época de esplendor, cuando empezó a llenarse con un caudal fabuloso de libros que habría llegado a doce mil títulos y entraba de todo. Llegamos a ser no menos de diez que trabajábamos, creo, en tres turnos. La gloria para mí era tener la primicia de los libros que entraban, 358
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