sociedad. Esto queda de manifiesto en sus advertencias acerca de las políticas de adquisiciones bibliográficas. Las bibliotecas tenían que procurar hacerse de «todos aquellos [libros] que sirvan con más provecho para la instrucción de los habitantes del departamento, según la industria o industrias reinantes en él». Y advertía que esto se haría siempre y cuando la biblioteca pública estuviese ya surtida de aquellos libros «de absoluta necesidad para la instrucción moral y para adquirir los conocimientos que constituyen la instrucción primaria y la preparatoria» (p. 466). Llevar a la práctica algunas de las reformas de Santos Pasapera fue tarea del sucesor de González Vigil en la dirección de la Biblioteca Nacional. Al hacerse cargo de la institución en 1875, Manuel de Odriozola encontró una situación poco halagadora. No era posible ordenar los libros porque se carecía de estantes, de forma tal que ellos se hallaban «atravesados, amontonados y sin saberse su paradero». Este caos, escribió Odriozola, había aumentado cuando la anterior administración recibió aproximadamente tres mil volúmenes de la biblioteca del convento supreso de San Felipe Neri, y otros procedentes de las adquisiciones hechas por la biblioteca y de envíos que el gobierno remitió en calidad de depósito (Tauro, 1964, p. 87). En medio de la crisis económica que enfrentaba el Estado peruano, Odriozola logró la instalación de estantes en el gran salón de la biblioteca, y en ellos se colocaron alrededor de 20 000 volúmenes. El director era consciente de que la carencia de un catálogo general o un índice completo de los libros, folletos y periódicos que atesoraba la institución limitaba su funcionamiento como servicio. Además, eran necesarios más empleados para poner en orden y limpiar los impresos. Él encontró al inicio de su gestión que la Biblioteca solo contaba con un conservador, un amanuense y un peón, «empleados insuficientes hasta para atender a los lectores, y que en manera alguna podían ayudar al arreglo» (Tauro, 1964, p. 88). A pesar de las apremiantes necesidades, logró incrementar el personal mediante la contratación de cinco empleados más. En junio de 1878, de acuerdo con el informe de Odriozola, aún quedaban por realizar algunas tareas importantes en la Biblioteca Nacional: la encuadernación de folletos y periódicos, así como de algunos libros; la elaboración de los catálogos; la promulgación de un reglamento de funcionamiento; y la asignación de una cantidad anual de dinero para la adquisición de libros y periódicos científicos y literarios de Europa y América. Esto último se consideraba esencial con la finalidad de que la 35
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