Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

centralizado, partido único, ideología oficial—, crecieron las tensiones con el liderazgo revolucionario. Leído fuera de su contexto, el discurso que María Teresa dirigió a los jóvenes comunistas en 1964 parece inocuo o, mejor dicho, partisano. Pero, a partir de 1965, estas palabras resonarían como sospechosas de actividad contrarrevolucionaria en un contexto de rápido cerramiento ideológico del régimen castrista. Entonces, el dogmatismo, la pureza socialista y la intolerancia ante cualquier disidencia se volvieron predominantes. En este nuevo contexto, la tímida sugerencia de María Teresa de que se dejara al lector elegir lo que quisiera comenzó a sonar «burgués» y anacrónico para la construcción del socialismo. A las sospechas de Reinaldo Arenas habría que agregar entonces otro condimento: el giro soviético del régimen que tomó por sorpresa a muchos partidarios de la Revolución. Esta logró ampliar notablemente el número de lectores y democratizar en cierta medida el acceso al conocimiento, al distribuir en forma masiva y gratuita manuales y textos educativos. Además, la Imprenta del Estado y organismos culturales como Casa de las Américas pusieron obras maestras de la literatura universal y latinoamericana a disposición de campesinos y obreros. En este sentido, resulta verosímil la proposición de que campesinos y obreros pudieron leer a Cervantes, a Gorki y a Martí. Pero, tal vez, no mucho más que esto. Porque, entre 1968 y mediados de los años setenta, hubo un estrechamiento en la diversidad de lecturas, así como una creciente censura sobre lo que era permitido leer. El monopolio estatal en la producción y distribución de libros afectó el mundo de las lecturas, tanto como las «adquisiciones» de las bibliotecas. Para producir libros para las masas, el Estado cubano debió restringir la lista de libros que publicaba anualmente. Consistente con la política educativa de la Revolución, muchos de los libros que produjo la Imprenta Nacional fueron manuales y, por tanto, como sugiere Comín, la enseñanza secundaria y aún universitaria en Cuba comenzó a padecer de un nuevo problema: «el manualismo». Debemos a la tenacidad e influencia de Carpentier y a la labor de algunas editoriales no directamente controladas por el Estado, el hecho de que campesinos y obreros no tuvieran que elegir solo entre Marx, Lenin y Stalin, en las descuidadas ediciones de la editorial Progreso de Moscú. El cerramiento del catálogo de lecturas tuvo un desenlace aún más paradójico. Tanto la Imprenta Nacional como la Biblioteca Nacional trataron de difundir las novedades en ciencia y técnica en su versión 349

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