expropiadas y puestas bajo el control centralizado de la Biblioteca Nacional. Una red de bibliotecas públicas, escolares y municipales, coordinada desde la BNC, hizo circular libros de una manera que no era común durante el periodo prerrevolucionario. Y la ampliada producción de libros de la Imprenta Nacional hizo que aumentaran los acervos de muchas bibliotecas. María Teresa Freyre de Andrade, la bibliotecaria en jefe de la Revolución, imprimió sus ideas al proyecto revolucionario. Para ella, las bibliotecas públicas debían ser vehículo de la difusión de ideas, estar al servicio de los trabajadores y, al mismo tiempo, servir a la construcción de una sociedad participativa y comunitaria. Había que llevar el libro al lector y, lo que era más importante, incentivar la lectura en niños y jóvenes. Por ello, concibió a la Biblioteca Nacional como un centro de irradiación de cultura. Además, según su criterio, la biblioteca debía ser «polifónica»; es decir, contener no solo libros, sino todo tipo de representaciones de la cultura: música, teatro, cuentos, leyendas, cine, pintura, mapas, etcétera. Freyre de Andrade abogó por mantener una vía autónoma en la acumulación de bibliografía, que no dependiera ni de modelos bibliotecarios extranjeros, ni de la importación de libros de otros países. Solo que, tal vez, viniendo de una formación aristocrática y liberal, continuó defendiendo el principio de elección individual de la lectura. Esta defensa de la autonomía del lector, junto con su tolerancia de sexualidades alternativas, fue creando tensiones con los sectores más dogmáticos del régimen que finalmente llevarían a su renuncia en 1967, como vimos anteriormente. Las ideas que promovió Freyre de Andrade en los primeros ocho años de la Revolución no eran nuevas. Las había formado durante sus años de trabajo en el Lyceum del Lawn Tennis Club y en los cursos de verano de la Universidad de La Habana. Aunque nacionalista, su visión era también democrática. Sus viajes a Estados Unidos —sobre todo su estadía en la Biblioteca Pública de Nueva York— reforzaron su creencia en la función educadora y democrática que debían cumplir las bibliotecas populares. O tal vez su vocación ya estuviese formada en los años treinta, cuando estudió en Paris. Su propio pasado —su paso por el partido ortodoxo, sus relaciones con el Lawn Tennis Club, su experiencia en Estados Unidos y finalmente su trabajo como asesora de la UNESCO— se volvió en su contra. Entonces, cuando Cuba giró hacía el modelo soviético —Estado 348
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