Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

de qué libros debía leer el pueblo. Casi ninguno dejó por escrito sus observaciones sobre las bibliotecas. El caso del comunista español Alfonso Comín es en este sentido una excepción. Comín, periodista y dirigente del Partido Comunista Español, hizo una visita a Cuba en febrero de 1978 para tener una impresión personal de los progresos de la Revolución. De lo que pudo informarse, sacó la conclusión de que las campañas de alfabetización habían creado una enorme cantidad de nuevos lectores y además generado una verdadera avidez por los libros y una pasión por la lectura (Comín, 1979, p. 56)271. Un sábado se acercó a la librería «La Moderna Poesía», en la cual Fernández Retamar presentaba su último libro. Los ejemplares del nuevo libro se agotaron en unas horas. Quedó fascinado por lo que vio allí. «No solo por el hecho de la venta. Sino por el público que compra, de las más variadas procedencias, por la pasión por la lectura que constato a cada paso en Cuba» (p. 223). Las tiradas grandes hacían los libros más baratos. Y los nuevos letrados, ávidos de leer, compraban todo lo que se ofrecía. El relato de Comín parece reflejar la retórica oficial de que la campaña de alfabetización había democratizado radicalmente la lectura en la isla. Así, escribió: «Hay una gran preocupación, una política orientada a que el libro llegue al rincón más recóndito del país» (p. 318). El Ministerio de Cultura distribuía libros gratuitos a todas las escuelas, de modo que los escolares disponían de todos los materiales de lectura sin costo alguno. En efecto, su relato confirma la narrativa revolucionaria. Con relación a las bibliotecas, cita las palabras del vicedirector de la Biblioteca Nacional, Rolando Álvarez: «Es una explosión cultural lo que hay en Cuba […] con los microbuses llegamos a los lugares más recónditos, campesinos que nunca han ido a una biblioteca, la tienen ahí» (citado en Comín 1979, p. 320). Este mismo informante le proveyó de información adicional: los campesinos piden libros, eligen a Gorki y a Dostoievski sobre otras alternativas más dogmáticas o aburridas (p. 320)272. Comín no encontró autores norteamericanos en los estantes. Y tampoco vio en las librerías obras representativas del marxismo occidental o europeo, como Korsh, Lukacs, Adorno, Marcuse, Gramsci, entre otros. Después de su visita a varios establecimientos educativos, Comín quedó convencido de que Cuba era la tierra del «manualismo» en versión soviética. En el Instituto Politécnico Superior, preguntó a los alumnos de ingeniería y arquitectura qué leían para la materia Filosofía. Le contestaron que leían Los fundamentos de filosofía marxista-leninista de F. V. 346

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