Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

especular, en base a la evidencia disponible, que hubo una enorme producción de libros que se «vaciaba» apenas llegaba a las librerías oficiales, en particular en el campo de las Humanidades. La Imprenta Nacional dedicaba buena parte del papel importado a la producción de manuales y libros de texto y el resto lo destinaba a una selección de autores de fama internacional y al fomento de la literatura cubana. Si los libros se vendían a muy bajo precio, es muy posible que ediciones de decenas de miles de ejemplares desaparecieran en horas o días, dependiendo de la fama del autor269. Otras editoriales, en particular Casa de las Américas, pusieron en circulación amplias ediciones de importantes autores latinoamericanos (Neruda, Cortázar, Vallejo, García Márquez) que, de ese modo, llegaron al gran público en tirajes de hasta 10 000 ejemplares. Pese a todo, la lista de títulos a publicar, debido a la preselección que realizaban funcionarios e intelectuales que aplicaban, en mayor o menor medida, las directrices de la Revolución, y también a fuertes restricciones presupuestarias, resultaba en una diversidad mucho menor que el catálogo de las editoriales de otros países latinoamericanos. El imperativo estatal de destinar mayor cantidad de recursos a textos escolares que a la literatura, la historia o la ciencia imponía una fuerte restricción a la variedad de autores y títulos. Además, la preselección de títulos por el comisariado cultural de la Revolución contribuía a crear esta sensación de que en Cuba los estantes de las librerías estaban por lo general vacíos270. LA MIRADA DE UN COMUNISTA ESPAÑOL Los viajeros a la Cuba revolucionaria percibieron cambios notables en materia de lectura popular y política de impresión de libros. Algunos se concentraron en la cuestión del «intelectual revolucionario» y le prestaron poca o ninguna atención a la cuestión de los libros y las bibliotecas — como Sartre y Ginsberg, por ejemplo—; otros se dejaron atrapar por la magnética personalidad de Castro y dejaron solo comentarios breves e impresionistas sobre la censura, las publicaciones oficiales y la disponibilidad de libros en Cuba —como Matthews y Hoffman—. Los visitantes, muchos de ellos afines al proyecto revolucionario, dejaron impresiones claras sobre la expansión del universo de lectores y la publicación estatal de libros baratos; en contadas ocasiones, también criticaron las elecciones del comisariado cultural de la Revolución acerca 345

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