la preferencia de Castro, Hemingway se transformó en un autor venerado en la isla267. La selección de títulos publicados en Cuba generaba un sesgo en el catálogo que producía un efecto peculiar: las obras literarias desaparecían rápidamente, mientras que los manuales marxistas siempre estaban en disponibilidad; «El hambre por la palabra impresa está por todas partes», escribió Hoffman. Los visitantes también opinaron sobre la censura. Al principio los revolucionarios no mostraron una inclinación por expurgar libros prohibidos de las bibliotecas. Matthews encontró, a principios de la década de 1970, pocas restricciones sobre autores o libros. La censura que siguió a las «Palabras a los Intelectuales» de Fidel Castro (1961) fue para él un fenómeno temporario. Aún podían encontrarse en La Habana libreros que vendían libros, revistas y periódicos que el gobierno consideraba contrarrevolucionarios. Aunque Matthews reconoció el cierre de Lunes de Revolución, la desaparición del mercado de publicaciones extranjeras y el rígido control a las comunicaciones —prensa, radio y televisión—, él entendió que durante la primera década la Revolución había sido bastante tolerante en materia de libertad de imprenta (Matthews, 1975, p. 320). Un par de años antes, Hugh Thomas había encontrado algo similar. Durante los primeros años de la Revolución no hubo ninguna purga aparente en las colecciones de las bibliotecas. Por error u omisión, en las bibliotecas podían aún encontrarse, por ejemplo, obras de Orwell. Thomas atribuía esta situación a la «inteligencia y humanidad» de la directora de la Biblioteca Nacional, María Teresa Freyre de Andrade (Thomas, 1971, p. 1343)268. Pero las cosas habían cambiado mucho a inicios de los años setenta. A partir de 1968, el país había entrado en un aislamiento internacional preocupante y esto había acentuado la censura oficial. El «affaire Heberto Padilla» (1971-1972), un poeta que había sido arrestado bajo acusaciones de ser contrarrevolucionario y luego obligado a retractarse al más puro estilo soviético, había roto el equilibro previo y llevado al gobierno hacia políticas de intolerancia y persecución. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se alineó entonces con Castro y promovió una política de exclusión hacia los intelectuales disidentes (Matthews, 1975, pp. 321323). ¿Hubo sobreoferta o escasez de libros durante la primera década de la Revolución? Aunque sin resolver definitivamente esta cuestión, podríamos 344
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