Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

simplemente no podían mantener [la producción de libros] al ritmo de la demanda». Si ellos publicaban 80 000 copias del Quijote, dijo, la edición desaparecía en unos pocos días de las librerías (Matthews, 1975, p. 335). ¿A qué se debía esta avidez del público lector? Herbert Matthews lo asoció con la peculiar costumbre de los cubanos de acumular libros en sus hogares. Los lectores cubanos, a pesar de vivir en una sociedad socialista, mostraban hábitos de posesión individual propios de las sociedades capitalistas. Explicó: «Los cubanos no tienen la costumbre de usar las bibliotecas públicas. Ellos compran libros y los mantienen en sus hogares. En La Habana, la Universidad tiene una biblioteca de préstamos; los libros pueden tomarse prestados por un mes, pero muchos de ellos nunca son devueltos. Los libros importados son arrebatados en un día o dos» (Matthews, 1975, p. 335). A primera vista, las cifras de producción indicaban que en la Cuba socialista había más bien sobreoferta de libros —o, al menos, un crecimiento explosivo de la oferta de libros consistente con la política cultural y educativa de la Revolución—. Pero, como lo indican Santamaría, Benedetti y otros, la demanda de libros crecía aún más rápidamente. Los libros desaparecían de las librerías apenas salían a la venta. Un tercer elemento, tanto o más importante, fue la preselección que se hacía en aquel catálogo de títulos. La oferta de libros, aunque superabundante en cantidad, sufría serias limitaciones en su cobertura. La selección de títulos fue recortada, en parte, por razones ideológicas y, en parte, debido a preferencias estéticas de la élite revolucionaria. Paul Hoffman, uno de los periodistas que visitaron la isla a mediados de la década de 1960, reportó acerca de los libros disponibles al público en las librerías estatales. En la tienda del hotel Habana Libre (ex Hilton Hotel), el lector podía encontrar una selección de obras de autores marxistas traducidas al castellano: Marx, Engels, Lenin, Stalin y Khrushchev. El lector de ficción podía escoger entre las obras de Tolstoi, Gogol y Dostoievsky. También estaban disponibles las obras completas de José Martí en edición económica. Revisando los estantes, el lector podía encontrar cuentos de Kafka, algo de Schiller y de von Kleist, pero muy poco de autores ingleses o estadounidenses, aunque sí estaban Moby Dick, Las uvas de la ira, Tom Sawyer, algo de Dickens y Sherlock Holmes. Hoffman (1965) se sorprendió al no encontrar obras de Hemingway, el autor norteamericano más cercano a Cuba. Con el tiempo, la propia realidad se encargaría de enmendar esta falencia, ya que, tal vez debido a 343

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