Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

(Matthews, 1975, p. 335). Muchos de los simpatizantes de la Revolución consideraban su política editorial como una de las grandes transformaciones del periodo. Lee Lockwood, un periodista norteamericano, visitó Cuba en varias oportunidades entre 1959 y 1965. Aunque mostró reservas sobre otras áreas de la política revolucionaria —la libertad de expresión, los prisioneros políticos, el adoctrinamiento marxista —, Lockwood quedó fascinado con la personalidad de Castro y volvió convencido de que la Revolución había mejorado el nivel de vida de las mayorías. Con respecto a los libros, escribió: El Instituto Cubano del Libro (fundado en 1959) publica veinte millones de volúmenes por año. Se trata principalmente de manuales, pero obras literarias de autores tan diversos como Proust, Faulkner, Kafka, Sartre, Robbe-Grillet, Genet, Capote y Marcuse también se publican en elegantes ediciones de diez mil [ejemplares] y se venden inmediatamente. Lo mismo con las obras de importantes escritores cubanos como Alejo Carpentier y Lezama Lima y jóvenes autores como Edmundo Desnoes, Heberto Padilla, Pablo Armando [Fernández], Roberto F. Retamar, Lisandro Otero y Miguel Barnet (Lockwood, 1969, p. 136). En su visión, la Revolución estaba produciendo libros de autores renombrados, cubanos y extranjeros, en ediciones realmente masivas. Otros visitantes tuvieron la misma impresión, y agregaban a su comentario la sorpresa de que los lectores devoraban las nuevas ediciones en cuestión de días. En 1968 Mario Benedetti, uno de los literatos amigos de la Revolución, escribió un ensayo elogiando el éxito alcanzado en la producción y distribución de libros265. A todas luces, Cuba se había transformado en un país de ávidos lectores. El escritor uruguayo se maravilló con la rapidez con que los nuevos libros desaparecían de los estantes: «Un pequeño país, que anualmente publica trece millones de copias de libros, que ha sido exitoso en formar un público que agota en unos pocos días, y a veces en unas pocas horas, tiradas de diez, quince y veinte mil volúmenes […] es obviamente un país que ha sabido crear condiciones e instrumentos con alta efectividad» (Benedetti, 1972). Su explicación al fenómeno era sencilla: los alfabetizados a partir de 1961 se habían convertido en adultos ávidos de conocimiento y de cultura266. Sin embargo, por otro lado, varias fuentes coinciden en señalar que era difícil conseguir libros en Cuba y que las librerías no parecían tener suficiente stock. A principios de los años setenta, Haydée Santamaría, exdirectora de Casa de las Américas, atribuyó este fenómeno al exceso de demanda. Santamaría explicó a un visitante norteamericano que «ellos 342

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