Ella protegía a jóvenes poetas que no estaban a favor de Castro. Arenas cuenta que su trabajo en la biblioteca le dejaba tiempo suficiente para leer. Cuenta que en las noches en que le tocaba hacer guardia, él disfrutaba el placer de elegir un libro al azar263; sus compañeros Eliseo Diego y Cintio Vitier lo guiaban en la elección de los libros. Ambos estaban en contra de Fidel y de la Revolución, pero no se atrevían a intentar escapar. Luego ambos se convirtieron en intelectuales orgánicos de la Revolución. Uno de esos días, relata Arenas, un escándalo se desató en la biblioteca. Dos empleadas mujeres muy conocidas fueron sorprendidas en el baño teniendo relaciones. María Teresa las perdonó, diciendo que no era de su incumbencia hacer de policía moral. Por su generosidad y tolerancia, el régimen infiltró su biblioteca de «enemigos», gente resentida y envidiosa. Una de ellas era María Luisa Gil, una estalinista española casada con un viejo miembro del Partido Comunista. Poco a poco, la biblioteca se cubrió de rumores. Se decía que María Teresa era lesbiana, aristocrática y contrarrevolucionaria. Finalmente, sus enemigos consiguieron hacerla renunciar. «María Teresa —escribe Arenas— dejó la biblioteca en lágrimas». Su reemplazante fue Sidroc Ramos, un capitán de la policía castrista (Arenas, 1992, p. 75). Era de esperar que, a partir de entonces, el control ideológico de las lecturas se hiciera más estricto. LIBROS MASIVOS, LECTURAS PRESELECCIONADAS A poco de tomar el poder, el gobierno revolucionario expropió dos periódicos —El País y Excelsior— y los transformó en una imprenta estatal que monopolizaría la producción de libros. La Imprenta Nacional, luego subdividida en varias editoriales, manejó la política de producción de libros y les dio prioridad a textos escolares, libros técnicos y obras literarias y marxistas. Alejo Carpentier ocupó durante muchos años el cargo de director, por lo que imprimió su visión de calidad estética a las ediciones literarias. Sabemos que el primer libro que publicó la Imprenta Nacional fue Don Quijote, con un tiraje de cien mil ejemplares (Santonja & Estrada, 2012, p. 17)264. Luego vinieron las ediciones de José Martí, los clásicos del marxismo-leninismo y una selección acotada de títulos de la literatura latinoamericana y universal. Bajo el control del Estado, la industria editorial cubana creció de manera explosiva. El Instituto Cubano del Libro, fundado en 1967, celebró la publicación del ejemplar número cien millones en junio de 1973 341
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