Los bibliotecarios deben ayudar a los lectores a escoger libros de acuerdo con sus preferencias personales y, al mismo tiempo, ayudar a la formación entre ellos de una conciencia revolucionaria. Esto requiere un balance difícil. Ella preferiría que la biblioteca fuese una gran estantería abierta donde «cada uno pueda tomar una obra, hojearla y dejarla, prosiguiendo así hasta encontrar el libro que le viene bien a su interés permanente y a su estado de ánimo» (p. 4). Pero si esto fuera así —agrego yo— estaríamos en el territorio de la libre elección y de la soberanía del consumidor, un territorio capitalista-burgués por excelencia. Difícilmente sabremos hacia dónde apuntaba realmente el discurso de Freyre de Andrade a los jóvenes comunistas, si hacia la construcción de una biblioteca subordinada a la construcción del socialismo, o hacia una biblioteca orientada a mantener una colección adecuada a las preferencias de los lectores. Por lo que sabemos, Freyre de Andrade nunca se pronunció en contra del monopolio estatal en la producción de libros, ni en contra del giro hacia la cooperación cultural con el bloque soviético. La bibliotecaria cerró el discurso saludando a la juventud comunista por sus esfuerzos en mejorar individualmente para servir mejor a la Revolución. Tal vez pensara que el mejoramiento individual y el colectivismo no eran incompatibles. Por las dudas, se despidió de los jóvenes comunistas diciendo: «Patria o Muerte. Venceremos». Sabemos poco acerca de la relación de María Teresa con la dirigencia revolucionaria y sobre los factores que precipitaron su caída en desgracia. Es evidente que sus ideas —sobre la importancia de las bibliotecas infantiles y la necesidad de contar con una biblioteca moderna de estantes abiertos, así como la propuesta de llevar el libro al lector y de organizar una red nacional de bibliotecas— fueron transmitidas a Castro en los años formativos de la Revolución. Pero también es claro que hacia 1965-1967 su figura comenzó a estar bajo sospecha hasta que finalmente un episodio peculiar motivó su alejamiento de la Biblioteca Nacional. Para esclarecer este punto, debemos recurrir al testimonio de un escritor. Reinaldo Arenas, el escritor disidente cubano, trabajó como investigador en la Biblioteca Nacional261. En Antes que anochezca, Arenas narra su traslado del Instituto Nacional de Reforma Agraria a la Biblioteca Nacional cuando esta aún conservaba su esplendor bajo el liderazgo de María Teresa262. De ella, dice que pertenecía a una familia aristocrática de tradición revolucionaria —independentista, antimachadista— y que manejaba la Biblioteca Nacional «espléndidamente». 340
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