El modelo que Freyre de Andrade descarta es el de la Biblioteca Británica, que no era por entonces la biblioteca más organizada y más moderna del mundo. Tal vez porque Cuba estaba en una situación de guerra no declarada con los Estados Unidos, la bibliotecaria no podía mencionar siquiera a los pioneros del movimiento bibliotecario de ese país, ni poner a la Biblioteca del Congreso estadounidense como líder en materia de catalogación y clasificación en el mundo. ¿Cómo deben ser las bibliotecas de una sociedad socialista? Esta pregunta es central para la bibliotecaria revolucionaria. Es necesario decidir si se comprarán libros de libreros populares, si serán distribuidos por los barrios y de qué forma se los harán llegar al lector. En todo caso, ella está segura de algo: «Todo esto lo tiene que decidir el pueblo» (p. 3). La idea de que un pueblo recientemente alfabetizado está en condiciones de armar su propia lista de compras de libros puede sonar en principio un poco idealista. Freyre de Andrade se debate entre el principio de la autonomía del lector y la necesidad de la Biblioteca Nacional de acompañar la construcción del socialismo, sin darse cuenta, tal vez, de que esos objetivos son contradictorios. Y es aquí donde su discurso se vuelve más vulnerable, a los ojos del comisariado cultural de la Revolución. Ella les pide tanto a bibliotecarios como a usuarios que «sean sinceros». Que el lector no se avergüence de mostrar su falta de preparación o su indecisión al pedir un libro. Y que los bibliotecarios entren en una relación personal y cercana con los lectores, para poder anticipar sus gustos y sugerirles las lecturas apropiadas. Entonces el que está en la biblioteca, tiene la obligación de conversar con el compañero, de conocerlo un poco más y de ofrecerle distintos libros, advirtiéndole que si una obra no le interesa lo diga sinceramente, porque se le puede encontrar otra que seguramente le va a interesar (p. 4). Al instante se da cuenta de que está adentrándose en un territorio peligroso y gira su discurso hacia el otro extremo. El bibliotecario revolucionario debe tener el libro «en la mano» para poder ayudar al nuevo lector, al compañero, a comprender mejor las transformaciones que está experimentando la isla en su camino al socialismo. Esto naturalmente cerrará bastante el horizonte de lecturas, pero ella no lo dice. Y vuelve a la fórmula: «Vamos a leer como hombres sinceros». En su siguiente párrafo, la bibliotecaria revolucionaria parece indicar que se inclina por una lectura útil y a la vez emotiva, que juega peligrosamente con el concepto burgués de libertad de elección260. 339
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