de reformas que intentaron elevar el nivel literacidad funcional de las masas256. Se dice de ella que protegió de la represión castrista a algunos escritores independientes y que durante su gestión no hubo censura ni destrucción de libros inconvenientes. Pero, al momento, carecemos de una biografía comprehensiva sobre esta figura central a la vida intelectual cubana. Luego de la Revolución, Castro encargó la dirección de la Biblioteca Nacional a Maruja Iglesias, su compañera en la Sierra Maestra, quien a su vez sugirió nombrar en ese puesto a María Teresa. La elección no pudo ser más afortunada. Sus méritos eran notables. Ella no solo había sido una de las pioneras de la bibliotecología moderna en Cuba, sino que también había contribuido a crear, desde la sociedad civil, organizaciones de bibliotecarios que lucharon por el mejoramiento de las bibliotecas257. También había desafiado y sufrido en carne propia las persecuciones de dos dictaduras, la de Machado y la de Batista, lo que le había costado permanecer un tiempo largo en el exilio258. Hacia 1959, María Teresa era una persona reconocida internacionalmente: en el pasado había estudiado en Francia y realizado pasantías en importantes bibliotecas de Estados Unidos, y más recientemente había trabajado como consultora de la UNESCO259. Nominada por una famosa guerrillera, Freyre de Andrade comenzó su tarea rodeada de la intelectualidad revolucionaria. Salvador Bueno, Cintio Vitier, Eliseo Diego y Alejo Carpentier fueron sus consejeros. En su primera resolución como directora fijó claras prioridades. La Biblioteca Nacional valorizaría la tradición cultural cubana, haría conocer el talento cubano, trabajaría para la superación cultural de las grandes mayorías y buscaría aminorar la brecha cultural entre la capital y el resto de la isla (Montes de Oca & Rivera, 2006). Pensaba además que, como una biblioteca pública, la BNC debía tratar de llegar al lector, dondequiera que este se encontrara. Muchas de estas ideas no eran nuevas. En 1940 María Teresa había defendido la biblioteca popular como una institución activa, promotora de la lectura (Montes de Oca & Rivera, 2006). Su modelo era el de las bibliotecas obreras europeas. Cooperación y esfuerzo societario era todo lo que se necesitaba para crearlas. Estas bibliotecas dictarían cursos a las clases trabajadoras y, con el tiempo, se convertirían en verdaderas «universidades populares». En 1941 publicó en una revista dominical ensayos cortos sobre bibliotecas. Uno de ellos abogaba por un plan para 336
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx