A pesar de estos inconvenientes, dijo el líder de los rebeldes en enero de 1961, los maestros-soldados «llevan, cada uno de ellos, una pequeña biblioteca y una cartilla de alfabetización». En su entender, era la primera vez que un ejército llevaba al frente de batalla dos instrumentos tan disímiles: el fusil y la cartilla253. Las armas y los libros se combinaban porque los soldados-campesinos, ahora en pleno proceso de construcción del socialismo, estaban empeñados en erradicar el analfabetismo y, al mismo tiempo, trataban de defender la isla de los ataques de norteamericanos y de «bandidos» contrarrevolucionarios. Estos dos momentos enunciativos (1959 y 1961) nos revelan que, desde el principio, la democratización de la instrucción y de la lectura estuvo entre las preocupaciones de los revolucionarios cubanos. Sin embargo, estas primeras alusiones de Castro presentan una doble dificultad: la fragilidad de los libros en la humedad de la sierra —una dificultad real— y la idea de pequeñas bibliotecas en las mochilas de los soldados —una dificultad interpretativa—. ¿Podemos llamar «biblioteca» a un grupo pequeño de textos que se mueve de un lugar a otro y que es por naturaleza frágil y poco durable? LA BIBLIOTECA NACIONAL DURANTE LA REVOLUCIÓN Aunque las promesas de Castro no se cumplieron, hubo un notable progreso en materia de bibliotecas en Cuba a partir de la Revolución. Antes de la Revolución había solo treinta bibliotecas públicas en la isla; hacia 1990 cada una de las catorce provincias y las 179 municipalidades contaban con una biblioteca. A esto deben sumarse unas 2900 bibliotecas escolares. Hacia 1976 el gobierno cubano creó una red de información científica que unía a 46 bibliotecas especializadas y 19 centros de información técnico-científica (Chesepiuk, 1990). La Revolución estatizó una serie de bibliotecas «privadas» —en realidad, bibliotecas mantenidas por asociaciones civiles y de consulta pública—, por lo que sus líderes pudieron afirmar que, así como había ocurrido en Rusia en 1917, el Estado revolucionario se había quedado con las bibliotecas de burgueses y terratenientes254. En 1959, en acuerdo verbal de ministros, el consejo revolucionario determinó que «todas las bibliotecas recuperadas de las personas que se habían ido del país y de las instituciones intervenidas debían de ser enviadas para la Biblioteca Nacional» (Fernández Robaina, 2001, p. 64). De esta manera, creció 333
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