Cuba frente al imperialismo norteamericano. Utilizaba poemas de Martí y frases de Castro para infundir patriotismo y compromiso, y presentaba el problema del analfabetismo como producto del subdesarrollo y de la condición semicolonial de Cuba desde 1898. Además de instrucciones de cómo utilizar la cartilla educativa, este manual contenía temas de orientación revolucionaria para ayudar a los brigadistas en su tarea propagandística. Un glosario al final presentaba las palabras del nuevo vocabulario revolucionario. Un tercer panfleto, Cumpliremos, contenía materiales adicionales destinados a la lectura de los brigadistas, que podían o no emplearse en las clases (Abendroth, 2009, pp. 68-75). Como vemos, estos textos eran cartillas, manuales de instrucción y panfletos destinados exclusivamente a un propósito: alfabetizar al mayor número de analfabetos, en el menor tiempo posible y al menor costo. Además, servían para difundir los ideales de la Revolución entre los trabajadores y campesinos. Como reconoce Mark Abendroth, estos materiales didácticos sirvieron tanto para alfabetizar al iletrado como para combatir ideológicamente la opresión, el neocolonialismo y el atraso (Abendroth 2009, p. 78). ¿Eran estos los «libros» de las «bibliotecas móviles» a los que se refería Fidel Castro? Estas publicaciones, que distaban de parecerse a un libro, no habían sido concebidas para ser acumuladas en bibliotecas. Su función era específica para ese momento y su vida fue probablemente efímera. Hoy se conservan ejemplares de estas cartillas en el Museo de la Campaña de Alfabetización, pero nadie sabe dónde fueron a parar los más de 200 000 ejemplares publicados para este propósito. Volvamos por un momento a la cuestión de los libros en el momento formativo de la guerrilla revolucionaria. Las campañas de alfabetización comenzaron en la Sierra Maestra durante las escaramuzas con las fuerzas de Batista. En un discurso pronunciado poco después del triunfo de la Revolución, Castro recordó que el ejército rebelde debió proveer maestros que enseñaran a los reclutas campesinos, en su mayoría analfabetos. Y para ello hubo que transportar cartillas y otros materiales de lectura. Los libros resultaban un objeto extraño en la sierra, un objeto frágil, difícil de preservar de las inclemencias del tiempo. Al cabo de un tiempo, recuerda Castro, los «libros» terminaban mojados y rotos: «Siempre fue una guerra muy movible. Con la humedad de los montes, las caminatas, las lluvias, los libros constantemente nos era imposible protegerlos de la inclemencia del tiempo, se rompían» (citado en Suárez Amador, 2009, p. 21). 332
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