Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

en los que detallaba de manera minuciosa las acciones tomadas para la administración de la institución. Sin embargo, dado que esto último no es de interés para mi argumento, lo dejaré de lado para concentrarme en mi propuesta inicial: la función asignada por el escritor a la Biblioteca Nacional. Un primer aspecto a destacar es que Palma se propuso restaurar la institución en mejores condiciones que las existentes antes de 1881. No es fácil reconstruir el estado de aquella antes de la ocupación chilena. Diversos viajeros y hombres de ciencia europeos a su paso por Lima visitaron la biblioteca, atraídos, unos, por sus colecciones bibliográficas y, otros, por el prestigio intelectual de algunos de sus directores; sin embargo, hay poca constancia de que los visitantes se sirvieran de los libros y manuscritos para sus investigaciones. En 1841, Johann Jakob von Tschudi anotó que la biblioteca contenía 26 344 libros impresos, 432 manuscritos y una pequeña colección de mapas y grabados en cobre. «Destaca —escribió— sobre todo, por su riqueza en obras de contenido religioso e histórico. La literatura que concierne a la historia de la conquista y del primer tiempo del gobierno español es completa». Pero lamentó que existieran escasas obras modernas (Tschudi, 2003, pp. 75-76). Poco podía hacer el director de entonces, Juan Coello, cuando, como observó el científico suizo, la institución solo gozaba de un mínimo apoyo económico. Durante la dirección del clérigo Francisco de Paula González Vigil, entre 1845 y 1875, la biblioteca logró ampliar su espacio de tres a siete salas, incluyendo la que había servido de refectorio en el supreso colegio jesuita de San Pablo, la cual fue dedicada a sala de lectura (Tauro, 1964, p. 87). En 1852, Clements R. Markham anotó: «Iba con frecuencia al museo y la biblioteca, examinando y dibujando bocetos de los retratos de los virreyes españoles y tomando notas de algunos de los interesantes volúmenes de Papeles Varios»9. Años después, en 1859, Karl Scherzer calculó que la biblioteca contenía 30 000 volúmenes «de todas las ramas del conocimiento humano», pero que por «carecer de medios, no han sido aumentados» (Scherzer, s.f., p. 83). La escasez de recursos había, sin duda, no solo limitado la posibilidad de incrementar los fondos bibliográficos de la institución, sino también su transformación en un servicio eficiente y moderno en beneficio de la sociedad. Tan deplorable estado no pasó desapercibido para el jurista Manuel Santos Pasapera, quien, en su plan para la reforma del sistema educativo peruano, publicado en 1874, estimó como esencial la existencia 33

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