Figura 1. Vista general, en primer plano, de una las salas de la Biblioteca Nacional y, al fondo, la reservada a los lectores. Fuente: E. Centurión Herrera, El Perú en el mundo; o, El Perú y sus relaciones exteriores. Bergama: Instituto Italiano d’arti Grafiche, 1931. Poco tiempo después de la entrada del general Iglesias en Lima, Palma acudió a entrevistarse con él para pedirle, dada su condición de empleado del Estado, licencia para ausentarse del país y el mantenimiento de su sueldo. Iglesias le dijo que lo complacería gustoso y que consultaría su solicitud con los ministros Manuel Antonio Barinaga y José Antonio de Lavalle. Al día siguiente, al acudir Palma a una cita con Lavalle, este le pidió que permaneciera en el Perú y que restaurase la Biblioteca Nacional: «Utilice Usted —le dijo el ministro— en beneficio del país su prestigio literario en el extranjero y sus relaciones personales con los hombres eminentes de cada nación americana y de España». Por su parte, Palma le respondió: «Me propone Usted […] que me convierta en bibliotecario mendigo». A lo cual el diplomático replicó: «Justamente, pida Usted limosna para beneficiar a su patria» (Palma, 1912, p. 4). La resistencia del escritor a aceptar el encargo fue vencida debido a la posterior intervención del general Iglesias. Varias fueron las consideraciones que pesaron para que Palma fuera nombrado director de la Biblioteca Nacional. Como hombre de letras, era acaso el único escritor peruano con un importante reconocimiento dentro y fuera del país, lo que lo convertía en la persona idónea para llevar a cabo la tarea asignada. En su condición de académico correspondiente de la Academia Española de la Lengua, podía acudir a sus colegas de dicha institución, así como a numerosos hombres de letras en el mundo hispánico, para lograr su cometido. Junto con las razones estrictamente académicas, las hubo también de tipo personal. Palma mantenía buenas relaciones con los dos principales miembros del gobierno de Iglesias: Manuel Antonio Barinaga, quien presidía el gabinete ministerial, había sido su compañero en las aulas del colegio de San Carlos; y José Antonio de Lavalle, que ocupaba la jefatura del Ministerio de Relaciones Exteriores, era su amigo de la infancia. Además, el presidente Iglesias y Palma eran amigos desde la juventud y se guardaban un mutuo aprecio (Durand, 1972, p. 26). Las acciones iniciales de Palma al frente de la biblioteca se pueden reconstruir en detalle a partir de su copioso epistolario personal, así como de los oficios que periódicamente enviaba a sus superiores en el gobierno, 32
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