Revolución, María Teresa Freyre de Andrade, hizo lo que estuvo a su alcance para llevar el libro al lector, iniciar a los niños en la práctica de la lectura y promover la formación de una colección cubana en la Biblioteca Nacional. Pero sus esfuerzos, como veremos, fueron contrarrestados y desvirtuados por un Estado centralizado que prefería el adoctrinamiento a la diversidad de las lecturas. A su vez, la dinámica de la Revolución consolidó un modelo de acumulación cultural basado en el monopolio estatal de la producción de libros, la concentración de las colecciones en ciudades y, con el tiempo, el control ideológico de las lecturas. Castro trató de hacer realidad el sueño de libros abundantes al alcance de familias obreras y campesinas. La Imprenta Nacional, bajo la dirección del ya famoso escritor Alejo Carpentier, produjo tiradas masivas de obras maestras de la literatura nacional e internacional —entre ellas, una edición de cien mil ejemplares del Quijote de Cervantes—. Pero, por motivos ideológicos, el balance fue girando hacia manuales técnicos y de adoctrinamiento político-ideológico. Como explico más adelante, la Revolución produjo tanto una sobreoferta de manuales y un puñado de «obras maestras» como una drástica reducción de la diversidad de lecturas, debido a la selección controlada y un tanto caprichosa de los inventarios en las librerías del Estado, lo que se tradujo en una percepción generalizada de escasez de libros. Figura 1. Don Quijote, el primer libro publicado por la Imprenta Nacional de Cuba en 1960. 329
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