establecer un monopolio estatal en la producción de libros. Una imprenta nacional con capacidad de publicar y distribuir libros masivamente, Castro pensaba, podría revertir la escasez de bibliotecas y lecturas en el campo, propia de la era prerrevolucionaria: Y esto nos permitirá hacer decenas de miles de bibliotecas, nos permitirá hacer una biblioteca en cada casa. No solo bibliotecas para los trabajadores cuando regresen a su trabajo, sino también bibliotecas para los niños, los niños no tienen libros, muchas de esas obras que son famosas, obras infantiles, que son alegría de los niños, tampoco estas las pueden leer. Todas estas obras reconocidas mundialmente como las mejores para la mentalidad infantil, para educar a los niños, pues también se van a imprimir (citado en Santonja & Estrada, 2012, pp. 15-16; énfasis propio). Una imprenta nacional permitiría transformar radicalmente el panorama de la lectura en la isla, al canalizar los intereses de los nuevos lectores (obreros, campesinos y niños) hacia obras de la cultura cubana y textos de formación política (marxista-leninista). La Revolución no solo reemplazaría libros importados por libros de producción nacional; también utilizaría la producción y distribución de libros como plataforma para un programa de concientización en los nuevos valores del nacionalismo revolucionario. Según Castro, la Revolución sacaría a campesinos y obreros de su miseria intelectual y llevaría a todos los hogares el bien supremo de los libros. Esto requería crear decenas de miles de pequeñas bibliotecas, lo que traería como efecto una descentralización radical del conocimiento y la lectura. Este tramo del discurso de Castro es sorprendente: plantea un futuro en que los libros irían a donde están los lectores, a sus lugares de trabajo y a sus hogares. De manera paradójica, este programa inicial presuponía un catálogo de lecturas canónico y elitista. Castro no se planteó revisar lo que las élites intelectuales europeas consideran grandes libros, sino, por el contrario, poner estas obras maestras al alcance de las masas. En esta promesa primera, el líder de la Revolución imaginó los deseos populares de lectura como dirigidos hacia obras reconocidas mundialmente. Castro nunca pudo cumplir estas exageradas promesas. Durante la primera década de su gobierno (1959-1969), la Biblioteca Nacional organizó una red de bibliotecas públicas que llegó a integrar y poner bajo su tutela más de trescientas bibliotecas públicas. También se crearon minibibliotecas en pequeños poblados, pero no sabemos en qué número — de seguro, no fueron «decenas de miles»—. La bibliotecaria de la 328
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx