En esta situación, la preocupación por la Biblioteca Nacional, sostiene Guillermo Durand, se explica por una razón de naturaleza psicológica: había que demostrar confianza y optimismo en todos los sectores de la actividad estatal, para remediar la larga lista de males que afligían el país. Al enfrentarse a la desastrosa realidad y tratar de restañar las heridas, el gobierno de Iglesias debía comenzar precisamente por restablecer la administración pública, que se hallaba en desorden, e iniciar el periodo de la reconstrucción (Durand, 1972, p. 26). Pero también hubo una dimensión simbólica en la decisión del mandatario: la de emular al general José de San Martín. De acuerdo con Palma, «así como para San Martín, después de jurada la independencia, en 1821, su primer acto administrativo fue el decreto creando la Biblioteca Nacional del Perú, él [Iglesias] se había propuesto imitarlo decretando, sin pérdida de tiempo, la restauración del establecimiento destruido por los chilenos» (Palma, 1912, pp. 4-5). De modo similar al Libertador argentino, entonces, Iglesias se había impuesto romper con el pasado mediante la reconstrucción de la más emblemática de las instituciones culturales republicanas. La forma como Palma fue llamado a hacerse cargo de la dirección de la Biblioteca Nacional la narró él mismo en un breve opúsculo aparecido en 1912. En él refiere que a fines de 1883 recibió una invitación del dueño del diario La Prensa de Buenos Aires para trabajar en su cuerpo de redacción. Durante la guerra, Palma había servido de corresponsal de dicho periódico enviando un texto quincenal. «La propuesta [en 1883] del señor Paz — escribió— me imponía la obligación de colaborar, semanalmente, con un artículo histórico, tradicional o de crítica literaria; y la remuneración era tentadora» (Palma, 1912, p. 3). 31
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