de Eva Perón o el retrato de Perón para colgar en las paredes237. La falta de centralización se puede observar en la nula injerencia que la Subsecretaría y la Dirección de Cultura tuvieron en el accionar de esta institución. No hubo ni directivas ni instrucciones a la Comisión, ni tampoco se distribuyeron libros que pudieran ser asociados —usando el lenguaje del gobierno— a la «cultura autóctona». A pesar de esta falta de sujeción ideológica, del importante grado de autonomía del movimiento de bibliotecas populares y del aumento de los subsidios, sería erróneo, como se dijo arriba, descartar cualquier tipo de tensiones y problemas, incluso en el aspecto económico, principalmente por el atraso en los pagos. No solo los legajos de la Comisión testimonian ciertas dificultades, sino que estas también se pueden percibir en fuentes como el archivo epistolario que guarda las cartas de la población en ocasión de la invitación oficial a hacer sugerencias para ser incorporadas al Plan Quinquenal. Por ejemplo, este da cuenta de que a la Biblioteca Popular Mariano Moreno de Clodomira (Santiago del Estero) se le otorgó en 1948 un subsidio para ampliar el edificio, pero, hasta 22 de diciembre de 1951, cuando se hace el reclamo, el mismo no había sido pagado238. También es posible percibir ciertas arbitrariedades. Algunas bibliotecas lograron rápidamente el subsidio de la CONABIP, como el caso de la biblioteca de la Confederación Obrera o de las «Bibliotecas circulantes 17 de octubre» (un carrito que recorría las calles de Berisso), mientras otras veían sus subsidios recortados o esperaban varios años para recibir el aval estatal239. Lo notorio es que no estuvo en la agenda del gobierno transformar las bibliotecas populares en agentes de propaganda peronista. Perón afirmó en el discurso que clausuraba el primer Congreso de Bibliotecarios realizado en el país en 1954 que, finalmente, «la ejecución [de una idea] es lo que cuenta y la ejecución está en manos de los bibliotecarios», ya que es el bibliotecario «el que le da vida a la biblioteca» y estos habían aclarado, en el Primer Congreso de Bibliotecas Populares en 1948, que estaban afiliados a la tradición liberal de Mayo240. Lo que emerge de esta descripción es que las bibliotecas populares fueron apoyadas por el gobierno peronista pero que dicho auspicio no se tradujo en sujeción ideológica. En otras palabras, no hubo desde las bibliotecas una política que intentó intervenir sobre las lecturas241. Esto es muy distinto a lo que sucedió en el área de educación, donde la escuela estuvo sometida a una progresiva centralización y fue utilizada como una herramienta clave en el adoctrinamiento de la población242. No obstante, el 314
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