Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

llegado a la Comisión por haber obtenido ese año el primer premio del concurso literario de la provincia de Buenos Aires por su obra Pobres habrá siempre (1952)231. A pesar de que sus orígenes lo colocaban en las antípodas sociales de Obligado —hijo, este, de un reconocido literato, uno de los fundadores de la Facultad de Filosofía y Letras y dueño de estancias —, Velázquez continuó al pie de la letra la obra de su predecesor, que finalmente era una continuación del proyecto de Sarmiento. Tanto es así que no dudaba en invocar al autor de Facundo a la hora de explicar su gestión. Compartía con el prócer educador la visión de la biblioteca a la cual describía como un «resorte activo de civilización y entendimiento», «que no debe faltar a ningún pueblo que se estime y que desee ilustrarse». Participaba también de la idea sarmientina de la necesidad de que la lectura popular fuese intervenida. Así, advertía que «cuando [Sarmiento] ‘pedía libros’ [este] agregaba con conciencia: ‘pero adecuados, metódicamente distribuidos’» (Velázquez, 1955, p. 119). Claramente, el proyecto inicial de la Comisión era lo suficientemente vago para servir de plataforma a programas de distintos contenidos; por lo tanto, la pregunta que nos debemos hacer es si la biblioteca popular y sobre todo la Comisión fueron usados como agentes de manipulación, propaganda o simplemente difusión de una serie predeterminada de símbolos o mensajes culturales, tal como sucedió, por ejemplo, con el movimiento de bibliotecas públicas en Estados Unidos durante las dos guerras mundiales o, asumiendo caracteres más siniestros, en la Alemania nazi (Stieg, 1992; y Wiegand, 1950). En otras palabras, ¿cómo leer esta importante inversión del peronismo en el área de la lectura popular? ¿Significó el impulso al movimiento de bibliotecas populares un cambio en los valores y prioridades de la CONABIP? Los numerosos legajos sobre cada una de las bibliotecas protegidas que guarda la Comisión en su sede son un valioso testimonio para observar este microcosmos tan peculiar. Los mismos desestiman la tesis de que dichas instituciones fueron utilizadas unilateralmente como vehículos para difundir un mensaje específico, ya sea cultural o político. Una forma de observar el grado de autonomía ideológica que tuvieron las bibliotecas populares —al menos con respecto a la CONABIP, ya que no se pueden descartar posibles tensiones con los poderes locales— puede advertirse en los informes que los inspectores enviaban a la mencionada institución. El formulario que el inspector actuante debía llenar establecía una serie de preocupaciones que dejaban poco lugar a las reflexiones de tipo más 312

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