Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

repositorio bibliográfico del país. En las páginas que siguen, argumento que el rol que Palma le asignó a la biblioteca estuvo lejos de favorecer una democratización de la lectura. Por el contrario, el escritor concebía la misión de la biblioteca en términos elitistas: un espacio para que los ciudadanos instruidos cultivaran la inteligencia. Para entender lo anterior hay que tomar en cuenta dos aspectos: las adquisiciones bibliográficas y la organización administrativa de la Biblioteca Nacional; y la conversión de esta última en un refugio para sustraerse de la actividad política, lugar desde el cual esperaba poder, de acuerdo con Jorge Basadre, «ser leal a su vocación y mensaje de escritor» (Basadre, 1962, VI, p. 2711). En mi opinión, la prolongada gestión de Palma como director fue posible por la ausencia de otros candidatos que contaran con su experiencia administrativa en la biblioteca, su prestigio en la república de letras en lengua española, el control que ejercía al interior de la institución y el rol marginal de esta dentro de la estructura administrativa del Estado peruano. EL ESCRITOR CONVERTIDO EN «BIBLIOTECARIO MENDIGO» Palma fue nombrado director de la Biblioteca Nacional el 2 de noviembre de 1883, escasos días después de la firma del Tratado de Ancón que puso fin a la guerra con Chile. Llama la atención la prontitud con que el gobierno del general Miguel Iglesias se ocupó de un asunto relativo a la cultura, en circunstancias en que había tantos problemas por resolver. La situación nacional, escribió Basadre, era terrible. El país no tenía escuadra. Los restos de su ejército combatían entre sí. Abrumaban a la hacienda pública y a la economía privada el empobrecimiento general del Perú; la fuga o la merma de capitales; la depreciación progresiva del papel moneda, que las necesidades de la defensa obligaron a emitir con abundancia; la semiparalización del comercio exterior durante cinco años; la destrucción sistemática de la infraestructura en los puertos; la ruina dejada en la agricultura por las batallas y combates, por las tristemente famosas expediciones del comandante chileno Patricio Lynch —el «Príncipe Rojo», como lo calificara Benjamín Vicuña Mackenna— y por diversas depredaciones de los ocupantes. Asimismo, a fines de 1883, los planteles de enseñanza constituían, en su mayor parte, «un conjunto de ruinas materiales con los edificios, gabinetes, museos, archivos y mobiliarios, maltrechos o perdidos» (Basadre, 1962, VI, pp. 2666-2667). 30

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