Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

bríos. La continuidad vuelve a aparecer aquí como un rasgo distintivo, continuidad que se puede observar en varios ámbitos225. El presidente de la CONABIP siguió siendo el mismo: el profesor universitario y poeta católico Carlos Obligado. Este personaje asumió el cargo de director en 1944, luego de haber sido por quince años vocal y vicepresidente, y permaneció en el puesto hasta que falleció en 1949. Su participación retomaba un mandato familiar, pues anteriormente su padre, el escritor Rafael Obligado, había ejercido funciones directivas en la Comisión. Obligado concentró sus esfuerzos en dinamizar la institución, lo que significaba modernizar e incrementar el número de bibliotecas protegidas. La creación de una Biblioteca del Bibliotecario, destinada a informar sobre las novedades bibliotecológicas, el temario de los programas que esta institución tenía en radio del Estado —entre ellos un ciclo destinado a enseñar las técnicas de la catalogación—, junto con la creación de un archivo estadístico, hablan de la «modernidad» que Obligado quería imprimir al movimiento de bibliotecas populares. Al igual que Martínez Zuviría, Obligado otorgaba a la catalogación un papel preponderante en la renovación de una biblioteca. Obligado comulgaba abiertamente con el ideario con el que la Comisión se había fundado. En 1948, al publicar por primera vez la revista de la institución, reprodujo en su tapa un extracto del discurso de Nicolás Avellaneda al sancionarse la ley 419, el cual resumía los principios cardinales de la Comisión: «El que da un libro para el uso del pueblo hace el pequeño don de su valor pecuniario y enciende una antorcha perenne, y abre una puerta de elevados sentimientos, para ilustrar y regenerar la existencia moral e intelectual de centenares de hombres» (Avellaneda, 1948, p. 1). Esto quiere decir que Obligado no tenía dudas de que la biblioteca constituía un instrumento para la pedagogía de las masas, aunque no descartaba su potencial subversivo. La segunda nota del número inaugural de la revista de la Comisión fue un artículo firmado por el crítico Carmelo M. Bonet sobre el libro y sus problemas, en el que se advierte sobre los efectos de una lectura sin «equilibrio, sin [una] inteligencia que jerarquice lo leído» capaz de «producir indigestados, veletas intelectuales que van a la zaga de los últimos autores leídos». Esto era peligroso, concluía, porque entre «los indigestados se reclutan estos tránsfugas que hoy son anarquistas, mañana comunistas y pasado mañana católicos ultramontanos» (Bonet, 1948, p. 3). El comentario refleja tanto la tensión intrínseca al proyecto de difundir la cultura entre los sectores populares 309

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