Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

conocimiento están muy demoradas a causa de los severos decretos de economía, que se han dictado y deben cumplirse218. La provocadora contestación de Martínez Zuviría no solo revelaba una opinión que las elusivas respuestas anteriores a pedidos similares permiten pensar que no era nueva, sino que además mostraba que efectivamente, a fines de 1954, la Biblioteca Nacional no había sido «adaptada» a los objetivos del Segundo Plan Quinquenal219. La respuesta del director de la biblioteca derivó en una inspección a la institución cuyo informe final no hizo más que corroborar los sucesivos pedidos del director, al ratificar «la necesidad absoluta, urgente, impostergable e inmediata, de encarar […] el problema del edificio»220. La gestión de Martínez Zuviría concluyó abruptamente en marzo de 1955 como producto del conflicto desatado con la Iglesia católica, el cual derivó en el retiro de los nacionalistas del gobierno. En ese momento, se ordenó la intervención de la biblioteca y se nombró al joven historiador y bibliógrafo José Luis Trenti Rocamora como su director, y se advirtió, como se indicó en la introducción, que hasta entonces la biblioteca no había sido adaptada a los objetivos del peronismo. Trenti Rocamora, un estudioso de la temática colonial, había sido, desde 1950 y hasta el momento de su nombramiento en la Biblioteca Nacional, director del Museo Histórico Nacional; allí había realizado el primer inventario de esa institución. Cabe destacar aquí que el desplazamiento de Martínez Zuviría se debió a motivos ajenos a su política bibliotecaria o a su resistencia a adecuar la institución a los objetivos del Plan Quinquenal. Su suerte derivó de su afiliación a un grupo con el cual el gobierno se enemistó. ¿Cómo evaluar su gestión? ¿Cómo explicar la capacidad de Martínez Zuviría de hacer de la biblioteca su proyecto? Es factible pensar que la falta de alineación de la Biblioteca Nacional con algunas políticas estatales demostraba la ausencia de una voluntad política en la materia. Es probable que esto fuera así porque el mismo diagnóstico del director de la biblioteca era compartido por aquellos encargados de delinear una política cultural. Según estos funcionarios, la Biblioteca Nacional, en virtud de su naturaleza, no era ni podía ser un agente de transformación social. La falta de presupuesto y la marginalidad de dicha institución —que por cierto no eran nuevas— no respondían a un desdén por la cultura ni a un conflicto entre los valores asociados a práctica de la lectura y aquellos de las clases populares, sino a su escasa plasticidad para proyectarse en «función de un servicio social», tal cual lo estipulaba el Segundo Plan Quinquenal. Esta 306

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