Nacional comenzó a recibir circulares y resoluciones en las que se percibía una renovada voluntad del gobierno de adecuar esta institución a los lineamientos de la política general del Estado. En junio de 1951, el ministro de Educación pidió a las distintas dependencias que lo conformaban la elaboración de un plan de «labor con criterio unitario» a fin de formular el anteproyecto de las actividades del ministerio para el Segundo Plan Quinquenal. La demanda del ministerio estipulaba que dicho plan debía contener un capítulo donde se especificaran los principios doctrinarios que lo guiaban, punto que consistía en una consigna velada a justificar el plan en términos acordes al peronismo, a la denominada «doctrina nacional». Martínez Zuviría hizo caso omiso de las especificaciones y solo presentó un listado de las actividades que la biblioteca realizaba normalmente —la publicación de la revista, la elaboración de ficheros y la organización de archivos— junto con una extensa lista de reclamos. El director de la biblioteca subvertía así la intención del gobierno de elaborar una política conjunta y la convertía en una oportunidad para dar mayor visibilidad a los problemas que aquejaban a la institución que dirigía. No justificaba la gestión de la biblioteca en términos doctrinarios peronistas ni proponía ninguna actividad que pudiera desviar a la biblioteca del rol de una institución pensada en función de la investigación213. En el intento de llamar la atención sobre las deficiencias de la biblioteca, Martínez Zuviría no escatimaba juicios: «Estamos medio siglo en retardo sobre las otras naciones del continente americano», señalaba el director. «Casi todas [tienen] desde hace años el edificio de su biblioteca nacional en edificios modernos… y lo que más vale construidos para ese objeto». A pesar de las circunstancias familiares en las cuales estaba inmerso —su hijo mayor estaba detenido en el presidio de Rawson por haber participado del levantamiento militar contra el presidente Perón producido en setiembre de 1951—, la respuesta de Martínez Zuviría no debe interpretarse como de oposición (Moreno, 1962). No solo porque a fin de cuentas era un funcionario del gobierno que había expresado su adhesión al nuevo movimiento político, sino porque su postura era coherente con la visión de la biblioteca que venía sosteniendo hacía años: un espacio de trabajo para las élites cultas214. Unos meses después, en junio de 1952, el director de la biblioteca recibió una resolución del Ministerio de Educación con un lenguaje hasta entonces inédito en la correspondencia oficial. En dicha comunicación, el 304
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