Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

aclarar que, durante su gestión, se incrementó el personal de la biblioteca, pero no hubo prácticamente mejoras en lo que concierne a su entrenamiento (Rodríguez Pereyra, 1994). Conforme a una visión de la biblioteca como reducto para la investigación, los actos culturales de la institución y la apertura al público con cursos, charlas o conferencias eran más bien escasos. Por lo tanto, no se puede encontrar en las actividades desplegadas por la gestión una disposición proselitista, ni tampoco una política de «orientación» de la lectura, práctica común en otras bibliotecas210. Se festejaban las efemérides patrias sin mayor distinción sobre su contenido ideológico o histórico y sin mayores pompas. Tampoco se registran casos de censura más allá de la restricción de ciertos materiales solo accesibles a los investigadores211. Además de la falta de una visión «enciclopédica» de privilegiar ciertas obras, todo esto significaba que no había nada en el modo de posicionar la biblioteca que pudiera apelar a uno de los objetivos centrales con que había sido creada la Subsecretaría de Cultura: la democratización del acceso a la cultura. La Biblioteca Nacional no solo no estaba inmersa en una política de expansión de la lectura en los sectores populares sino que buscaba —al menos en los recintos de la institución— disuadirla, lo que era obvio con el comentario despreciativo sobre las novelitas de moda y los escolares212. Una mirada recortada tan solo sobre la Biblioteca Nacional durante el periodo aquí estudiado no hubiera permitido adivinar las transformaciones que vivía el país. No es posible identificar actividades o medidas que pudieran ser asociadas o evocar la identidad política del gobierno, con la excepción de una exposición de libros sobre los ferrocarriles en ocasión de la nacionalización de las empresas ferroviarias de capital extranjero en 1947. Esta «neutralidad política» de la biblioteca se sostuvo sin ningún tipo de presiones hasta el final del primer gobierno peronista. La Subsecretaría de Cultura —convertida en dirección a partir de 1950— respetó sin entrometerse esta gestión «imparcial» de la biblioteca y, pese a las restricciones materiales, que por otra parte no eran un dato novedoso, Martínez Zuviría gozó de autonomía para llevar adelante su proyecto. Durante este periodo, el director no recibió ningún instructivo sobre la gestión de la institución, la cual podía potencialmente ser todo aquello que él quería que fuese. Esto significó la ausencia de un debate sobre cuál debía ser el rol de las bibliotecas del Estado en una sociedad en plena transformación. Sin embargo, a partir de 1951, con las preparaciones para la elaboración del Segundo Plan Quinquenal, el director de la Biblioteca 303

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