lo que tradicionalmente se hubiera esperado de un personaje como él, vinculado a las vertientes más reaccionarias del nacionalismo local. La contradicción entre dicha política y los ideales antiliberales de Martínez Zuviría no deja de asombrar, sobre todo si traemos a colación una instancia en la cual estos últimos se cristalizaron: su accionar como ministro de Justicia e Instrucción entre 1943 y 1944. Desde ese puesto, Martínez Zuviría lideró una fuerte ofensiva antiliberal y fue responsable, entre otras cosas, de la introducción de la religión católica en el currículum de las escuelas públicas. En el caso de la Biblioteca Nacional, su desvelo no era ideológico sino «numérico»: acrecentar el acervo. Según su percepción, el número de ejemplares de la colección era un signo de modernidad; por lo tanto, el ingreso de libros fue durante su gestión indiscriminado y sin censuras. Una de sus principales preocupaciones fue vigilar la prolija llegada de los libros de la Oficina de Depósito Legal. Frecuentemente recordó a los escritores la necesidad de respetar la Ley de Propiedad Literaria, que les exigía inscribir sus obras en dicha institución y dejar allí una copia destinada a la Biblioteca. Esto mismo hablaba de la ausencia de una política de adquisiciones, ya que cualquier libro podía ingresar proveniente del Depósito. Se podía adivinar, en este énfasis de Martínez Zuviría, el ideal de una Biblioteca Nacional como repositorio del patrimonio bibliográfico nacional, lo que, vale aclarar, estaba en tensión con la idea de una biblioteca moderna al servicio de los investigadores, ya que cualquier libro, sin importar su tema o calidad, podía engrosar los ya saturados estantes de la institución. Más que a una política de selección, la inquietud del director se dirigía a las necesidades técnicas relacionadas al aumento de la colección: «No basta poseer libros» —escribía en la memoria de 1935— «es preciso ficharlos, clasificarlos, alojarlos, poder hallarlos» (Biblioteca Nacional, 1936, pp. 48-49). Para Martínez Zuviría, la modernización de la biblioteca se completaba con la profesionalización del bibliotecario y la contratación de personal idóneo. En repetidas ocasiones, señaló este como el único modo de poder adaptar la biblioteca a los avances que se estaban dando en la ciencia bibliotecaria, especialmente en los sistemas de catalogación207. Martínez Zuviría participaba así de un debate contemporáneo que buscaba posicionar a la bibliotecología como una profesión208. Sin embargo, probablemente motivado por su ánimo de preservar su puesto, reservaba un lugar preponderante a los intelectuales: en su visión, eran los «forjadores de cultura» quienes debían dirigir las bibliotecas209. Cabe 302
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