director de Cultura, José Castiñeira de Dios, para que la biblioteca rebajara en un 10% sus gastos. Martínez Zuviría tenía una postura explícita sobre cuál debía ser la función que la Biblioteca Nacional debía cumplir y durante toda su gestión estuvo abocado en la medida de lo posible a este objetivo —al igual que lo había hecho en los años treinta—. En 1948, en la ficha de cada lector, se había impreso una leyenda que instaba a los usuarios a tener paciencia para esperar el material requerido: se indicaba que la demora era propia de las grandes bibliotecas nacionales, «ya que en esas instituciones no se va a estudiar la lección del día, ni leer la última novela del autor en boga»; y se concluía que «las Bibliotecas de Estado tienen funciones muy distintas de las bibliotecas populares o de barrio» (Biblioteca Nacional, 1949, p. 22)205. En la visión de Martínez Zuviría, una biblioteca nacional no podía ser un apéndice funcional al sistema educativo ni parte del circuito del ocio; tampoco podía ser una institución para la pedagogía de las masas. Por el contrario, lo que él buscaba era poner la biblioteca al servicio de la investigación; de allí su preocupación por modernizar los ficheros, por aumentar el acervo de archivos —dispuso, por ejemplo, la formación de un archivo de publicaciones oficiales— y por el perfil que tomó la revista de la biblioteca bajo su dirección. La imagen del usuario ideal que tenía Martínez Zuviría claramente distaba mucho de la realidad: la biblioteca era concurrida en su mayoría por un público de escolares que acudían para hacer sus deberes. Ante esta situación, el director aumentó las restricciones para ingresar a la sala de investigadores «de modo de atraer —según sus propias palabras— a los lectores que son propios de una biblioteca como la Nacional (Martínez Zuviría, 1933, p. 28; énfasis propio). Dadas las limitaciones de espacio, esta medida —junto con la nota sobre la demora — buscaba disuadir la concurrencia de ciertos usuarios y promover en contrapartida la de aquellos que pudieran prestigiar la institución. Esto no significó la imposición de nuevos requisitos para acceder a la biblioteca. Tan solo implicaba que su director concentraba sus energías e intentaba adaptar el establecimiento al grupo más marginal de usuarios como sus mismas estadísticas lo indican. En 1945, de 112 840 registros anotados solo 1806 eran investigadores206. En contrapartida, los niños sumaban más de 9415 fichas. Aunque poco sabemos sobre aquello que para su director sería la «colección ideal de la Biblioteca Nacional», Martínez Zuviría tenía una política muy liberal en cuanto a las adquisiciones, un rasgo que contradice 301
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