destinados a reunir colecciones de productos naturales o artefactos culturales. Papeles, libros, objetos de historia natural, lejos de acumularse por sí solos, resultan amplios emprendimientos de recolección, complejas operaciones de traslado y la construcción y disputas sobre los lugares de almacenamiento adecuados (Bourguet, 2008; Podgorny, 2012). Tales espacios —archivos, bibliotecas y museos—proliferaron masivamente a partir de la segunda mitad del siglo XIX tanto en Brasil como en otros lugares. La práctica secular de reunir colecciones particulares se incrementó, así como su venta en subastas y anticuarios, y los archivos, bibliotecas y museos se ampliaron al mismo tiempo que las editoras comerciales, el comercio de manuscritos, libros nuevos, usados y raros, y las casas de venta de productos de historia natural e instrumentos científicos. Actuaron en conjunto en el proceso de aceleración y consolidación de la economía del conocimiento para permitir a funcionarios de gobierno, historiadores y científicos manipular textos, documentos y objetos (Hedstrom & King, 2006a, y 2006b), colocarlos bajo tutelas unificadas, buscar homogeneizar visiones y transformarlos en objeto de interés de distintas naciones (Podgorny, 2012). La historia está llena de ejemplos que demuestran que esos procesos no fueron lineales. En este caso, fueron facilitados por intereses personales y lazos de amistad como la de Capanema, Gonçalves Dias y el emperador, por relaciones comerciales como aquella con Brockhaus e intereses de grupos específicos como los de los socios del IHGB o de los directores del Museo Nacional, y que surgieron gracias a coyunturas fortuitas que, aunque inestables, posibilitaron su emergencia, como el caso de la Comisión de Ceará. En 1865, Manoel Ferreira Lagos continuaba «confeccionando un catálogo de los libros, se había comprado un pequeño número de obras y continuarían llegando los periódicos de ciencias naturales de costumbre»193. En 1866, «la Biblioteca de ciencias naturales y físicas conformada por la reunión de los libros pertenecientes al Museo y de los que fueran comprados para uso de la Comisión científica», como publicitaba el Almanak Laemmert, aún no estaba abierta al público por no haberse realizado las obras necesarias en el edificio que Burlamaque pedía todos los años en su informe al gobierno194. Los libros continuaban dispuestos en dos salas del piso superior del Museo que habían sido utilizadas como secretaría. Sin embargo, venían cumpliendo exactamente su rol, a juzgar, por ejemplo, por el testimonio de doctor Gouveia, director 286
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