Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

— por el médico organizador de una Flora Paranese y colaborador constante del museo, Antonio Corrêa de Lacerda (1777-1852). El acervo del museo, hasta entonces, era visiblemente modesto. Sumaba un total de 347 obras en 1267 volúmenes: 74 obras en 318 volúmenes de zoología; 67 en 205 de botánica; 32 en 51 de geología; 16 en 82 de física; 23 en 45 de mineralogía y metalurgia; 37 en 88 de química; 30 en 95 de numismática y arqueología; y 68 en 383 de obras generales, que incluían relatos de viajes, memorias, obras periódicas científicas y diccionarios. El director aún recordaba que además de las ciencias naturales y físicas, el museo abarcaba también las áreas de arqueología y numismática, agricultura y etnografía, por lo que era conveniente que la nueva biblioteca contemplara también las obras esenciales de dichas áreas. Comprensivo y precavido, consideraba que, dados los pocos recursos, si no era posible adquirir todo al mismo tiempo, sus compras podrían ser garantizadas a través de subvenciones continuas. Manoel Ferreira Lagos (1816-1871), secretario del IHGB y adjunto de la sección de Anatomía Comparada y Zoología del Museo Nacional, fue nombrado bibliotecario. El museo precisaba realizar gastos extraordinarios para comprar cuatro armarios para libros, dos mesas grandes, cuatro tinteros, cuatro estantes, además de nuevos libros; cubrir el costo de encuadernación, suscripción de obras periódicas y continuación de los diarios científicos que el museo poseía desde el inicio; y también pagar por un ayudante para el bibliotecario. Para acomodar todo esto —libros, mesas, estantes y personas— definitivamente faltaba espacio. Sería necesaria una «pequeña» reforma y un «pequeño gasto»169. Los directores del Museo Nacional de Río de Janeiro vieron en la propuesta de la Comisión Científica de Exploración de las Provincias del Norte del País170 una excelente oportunidad para la creación oficial de la biblioteca del Museo Nacional. La Comisión de Ceará, iniciativa del museo para explorar los recursos naturales de esas regiones del país, comenzó a ser articulada en 1856, cuando fue presentada a través del IHGB justamente por Manoel Ferreira Lagos, que vendría a ser entonces el primer encargado oficial de la biblioteca del museo. El ambicioso proyecto era el mismo perseguido por todos los museos del siglo: grandes expediciones, abundantes colectas de productos naturales y de civilizaciones desaparecidas o en vías de desaparecer —por la civilización que las propias expediciones se empeñaban en llevar—. seguidas por años de trabajo en gabinetes y laboratorios para, a través del análisis y consultas 277

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