Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

los vocabularios, la información era transcrita y pasada a limpio para la última revisión en cuadernos por lo general cuadriculados que las librerías comerciales ofrecían para uso escolar. Por último, todo era pasado a una serie de libros encuadernados, tamaño in octavo, compuestos también de hojas cuadriculadas, que adquirían un formato fijo, listos para enviarse a la imprenta para su publicación definitiva. Como ya hemos sugerido a modo de hipótesis, un aspecto que muy probablemente influyó en esta habilidad para la construcción y organización de los datos es la aplicación del conocimiento tácito derivado de las prácticas comerciales que constituyeron su ocupación principal hasta los primeros años del siglo XX: llevar el movimiento contable cotidiano de su empresa minera y manejar las remesas con los bancos de Buenos Aires, Montevideo, Liverpool y Londres (Farro, 2013; 2014a). Podemos apreciar así la influencia de otras prácticas culturales, de carácter mundano o comercial, en el proceso de investigación. En relación con esto, las convenciones formales de la teneduría de los libros contables utilizados en el ámbito del comercio han sido consideradas como un modelo de toma de notas y registro general de la información que influyó de manera notable en el trabajo intelectual desde la modernidad temprana (Blair, 2010). El registro de los movimientos comerciales cotidianos y su organización en estos libros con cuadros de doble entrada —double-entry book keeping—, en tanto sistema de escritura, tuvo un efecto amplio, de carácter epistemológico, que habría excedido el estrecho ámbito de las operaciones de transcripción y cálculo económico; se consolidó así una imagen de rigurosidad formal y precisión que se habría extendido finalmente hacia todos los dominios del conocimiento (Poovey, 1998). Lafone Quevedo atribuía a esta suerte de arte de la tabulación las conclusiones y descubrimientos más importantes que había realizado referidos a los distintos mecanismos de aglutinación de las partículas pronominales en las lenguas del Chaco. Más aún, como se puede observar en sus manuscritos, las listas léxicas registradas y sistematizadas para su Tesoro de catamarqueñismos, que compilaba los términos utilizados en esa región y su adscripción a las lenguas quechua y cacana, se encuentran inscritas en el mismo tipo de hojas que utilizaba para los movimientos contables de su empresa —de las que sobreviven algunas en los registros de Contaduría del Museo de La Plata—, con distintas columnas, en este caso no utilizadas para registrar el «debe» y el «haber», sino con los 250

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