(Farro, 2013). Con la ayuda de un escribiente, Ramón Martínez, Lafone organizó en su estudio-biblioteca en Catamarca una colección con transcripciones de vocabularios formada por cuadernillos donde se ordenaban alfabéticamente las entradas, asentando en una columna los vocablos en idioma indígena y en una columna contigua sus equivalentes en castellano. Estos vocabularios eran extraídos de los libros de viaje y de antropología e historia sudamericana de su biblioteca, y también de una serie de libros manuscritos confeccionados por él, donde compilaba las transcripciones de documentos de la época colonial que obtenía de distintos archivos, bibliotecas públicas y particulares. Entre estos se destacan algunos «libros» con manuscritos encuadernados, con las transcripciones de obras únicas, que Lafone copió en las bibliotecas de Mitre y de Lamas en sus frecuentes viajes a Buenos Aires. Según se puede deducir de su colección de manuscritos, el método de trabajo utilizado para la organización y posterior comparación de los datos consistía en transcribir los listados de vocablos en una serie de cuadernillos de 18 por 24 centímetros, que se obtenían de recortar en forma transversal, por el medio o en tres partes, unos pliegos de papel rayado. Si bien cada cuadernillo contaba con unas doce o dieciséis carillas utilizables, para evitar las confusiones generadas por la mezcla de pliegos Lafone y Martínez escribían sobre seis u ocho de ellas, organizando alfabéticamente las entradas y asentando en una columna los vocablos en idioma indígena y en una columna contigua sus equivalentes en castellano. Cada cuadernillo llevaba inscrito en su margen superior una sigla, a veces abreviada, que refería el idioma del que se trataba, junto con un número que indicaba el orden sucesivo dentro del conjunto. Una vez finalizado el vocabulario se reunían todos los cuadernillos y se los almacenaba como un paquete cerrado, atado con hilo sisal. Organizados de este modo, los vocabularios compilados y los manuscritos en general no solo eran fáciles de manejar, transportar y almacenar —algo fundamental para el caso de Lafone, ya que desde 1898 viajaba en tren entre tres espacios de trabajo, con sus respectivas bibliotecas, en Catamarca, Buenos Aires y La Plata—, sino que facilitaban tanto el trabajo de transcripción como el de comparación posterior entre las distintas lenguas. Estos cuadernillos conformaban una suerte de biblioteca portátil, cuyos ejemplares sintetizaban la información extraída de obras voluminosas, de varios tomos, incómodas de trasladar entre locaciones distantes. Una vez finalizados y corregidos los cuadernillos con 249
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