en una suerte de nodo de acumulación de la información y producción de datos que articulaba, en ese punto, una densa red de corresponsales residentes en Buenos Aires, Córdoba, Salta, Jujuy, Corrientes, Chaco, Paraguay, Tarija (Bolivia), Washington, París, Berlín, Londres, Cambridge y Liverpool, entre otras ciudades. Muchos de estos colaboradores, además de enviar libros y folletos en canje, también proveían espacios de publicación, libros, transcripciones de vocabularios depositados en bibliotecas y archivos de difícil acceso —como los de las órdenes religiosas— y, en algunos casos, actuaban como compiladores de información en el campo, guiados y calibrados como si fueran instrumentos de observación por medio de instrucciones que Lafone diseñó al efecto y enviaba por correo147. Esta serie de prácticas y operaciones de carácter erudito dejó como correlato un apreciable corpus de papeles de trabajo en forma de borradores, fichas de lectura, cuadernillos con vocabularios, traducciones, tablas con clasificaciones lingüísticas, carpetas con recortes de periódicos organizados por tema, correspondencia y manuscritos de otros estudiosos, un conjunto que, visto de manera global, refleja también los medios técnicos o herramientas disponibles para el trabajo cotidiano. En ese sentido, como en el caso de la fotografía antropológica que hemos tratado en otro trabajo (Farro, 2012), desde el punto de vista metodológico se trata de no asumir a priori la transparencia del medio como un mero espacio de representación —en este caso textual— que consumimos en busca de significados, y de observar de manera complementaria los indicios de prácticas que se pueden inferir del sustrato de papel entendido no como un medio neutro, sino en su dimensión tecnológica y material; esto es, en su carácter instrumental en los procesos de extracción, compilación y comparación de la información y de los datos, y que funcionaba en conjunto con las series bibliográficas depositadas en las bibliotecas. TECNOLOGÍA DE PAPEL En las últimas décadas, en el campo de la historia de la ciencia, el laboratorio se constituyó en uno de los espacios de estudio e indagación privilegiados, con detalladas microhistorias acerca de las culturas experimentales y la relación entre actores, tecnologías, prácticas, instrumentos y los objetos llamados «epistémicos» (Latour, 1990; Rheinberger, 1997). En ese contexto, uno de los aspectos que ha recibido 247
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