el caso de la historia de la historiografía rioplatense a partir de la influencia del manual de Rómulo Carbia (1939), donde las prácticas de compilación documental de estudiosos como Trelles, Lamas o Lafone se enmarcan, con ciertos matices, en la construcción peyorativa de «datólogos», «coleccionistas de hechos» o «papelistas» movidos por el incesante afán coleccionista y vacuo del fervor de la exhumación de la «escuela erudita», en contraposición a los métodos rigurosos desarrollados por la historiografía científica en las primeras décadas del siglo XX, que reconoce como antecedente los trabajos de crítica interna y externa documental desarrollados por Mitre (Devoto & Pagano, 2009). Regresando al caso de la historia de la antropología, cuando la misma producción escrita de los antropólogos comenzó a ser objeto de indagación, salvo excepciones (Sanjek, 1990), el análisis de la dimensión textual de la práctica etnográfica enfatizó en el proceso de construcción de la autoridad, su relación con los mecanismos de la ficción literaria, los criterios de verdad, las relaciones de poder y el problema de la reflexividad (Clifford & Marcus, 1986). En sintonía con trabajos recientes referidos a la historia cultural de la observación entendida en sentido amplio y en la larga duración histórica —esto es, como una práctica que abarca tanto una técnica de trabajo regida por la inspección ocular como una técnica para registrar y organizar las observaciones (Daston & Lünbeck, 2011, pp. 1-9)— y, en especial, con la definición de «observadores de gabinete» (Maas, 2011), proponemos entender los espacios de trabajo que Lafone Quevedo había montado en su lugar de residencia en Catamarca y la biblioteca-estudio del general Mitre como espacios donde se llevaban a cabo prácticas eruditas de crítica interna y externa de manuscritos del siglo XVI; extracción de datos de fuentes bibliográficas, como las obras de viajeros; la corroboración de la información en fuentes cartográficas antiguas y modernas, que eran leídas no solo como textos sino de manera visual, para observar los desplazamientos territoriales de los grupos indígenas a lo largo del tiempo; y la compulsa de todo eso con los datos que en simultáneo enviaban los corresponsales desde el campo, describiendo la ubicación geográfica y la relación entre los distintos grupos en ese momento (Farro, 2013). En el caso de Lafone, ese espacio en el interior de la Argentina, consolidado con una frondosa biblioteca formada por las más importantes publicaciones de filología, lingüística e historia americana y por las publicaciones periódicas en antropología más significativas del momento, se constituyó 246
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