Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

portan las marcas de esos intercambios de datos, borradores e ideas, no solo entre ellos, sino con otros estudiosos como Trelles y Lamas, lo que incluso se materializa por medio de la presencia de manuscritos y transcripciones originales de uno en el corpus de los otros, y viceversa, con anotaciones cruzadas, y que en ocasiones eran almacenados entre la cubierta y la guarda de los libros. En ambos corpus se pueden apreciar también las intervenciones de distintos mediadores que, a la manera de los técnicos y asistentes en los espacios de producción de conocimiento estudiados por Steven Shapin (1989), han permanecido invisibles, como son los informantes, escribientes, transcriptores y traductores contratados al efecto por Lafone y, en menor medida, por Mitre para asistirlos en sus empresas compiladoras. Cabe destacar aquí que, incluso hasta bien entrado el siglo XX, en el caso de libros de difícil acceso los estudiosos recurrían a escribientes contratados para reproducirlos mediante la copia; esos manuscritos eran con frecuencia encuadernados como libros y formaban series que convivían en los estantes con las obras impresas sin distinciones de rigor (Love, 2013). En segundo lugar, proponemos entender al gabinete mismo como un espacio de observación. Recordemos que, a pesar de contar en la antropología de la primera mitad del siglo XX con practicantes de gabinete tan conspicuos e influyentes como James Frazer (1854-1941) y Marcel Mauss (1872-1950), desde la década de 1920, con la amplia difusión de la metodología desarrollada por Bronislaw Malinowski (1884-1942) —que colocaba a la técnica de observación participante y al campo no solo como rasgo de identidad fundacional de la disciplina, como tour de force y rito de pasaje, sino como el espacio privilegiado para la reflexión crítica—, se consolidó una imagen peyorativa y caricaturizada de aquellos estudiosos que se ceñían a la compilación y comparación de datos en la comodidad apoltronada del estudio, y se les llegó a denominar los armchair anthropologists (Gupta & Ferguson, 1997). De ese modo, las prácticas y métodos de trabajo de estos estudiosos, materializadas en series de manuscritos, libretas y redes de correspondencia, quedaron sepultadas bajo el peso del creciente prestigio del trabajo de campo consolidado como santo y seña de la práctica profesional; así, los trabajos de todos aquellos practicantes de gabinete pasaron a formar parte de la prehistoria disciplinar, asociada a la difusión y consolidación del evolucionismo y enmarcada dentro de lo que se ha dado en llamar etnografía epistolar (Stocking, 1995). Entre nosotros, un proceso similar puede observarse para 245

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx